
En esta carta, Séneca advierte a Lucilio de uno de los peligros morales más invisibles y persistentes: la influencia de la multitud. No se trata de despreciar a los demás, sino de reconocer que el carácter, cuando aún está en formación, es vulnerable al contagio del entorno.
A partir de una experiencia personal —su asistencia a los espectáculos públicos de la Roma imperial— Séneca confiesa que salió de allí peor de lo que había entrado. La violencia, cuando es compartida y celebrada, no solo degrada a quien la sufre, sino también a quien la contempla.
La carta desarrolla una idea central incómoda pero muy actual:
el mal no siempre se impone por convicción, sino por imitación, pasividad o deseo de pertenencia. Cuando el juicio individual se diluye en la mayoría, la crueldad se normaliza y la responsabilidad desaparece.
Séneca no propone el aislamiento ni el desprecio social. Propone algo más exigente:
recogerse cuando sea necesario,
elegir cuidadosamente las compañías,
y aceptar que la mejora personal es un proceso silencioso que no necesita aprobación.
El episodio conecta esta advertencia con dinámicas contemporáneas como la cultura del espectáculo, el señalamiento colectivo, la violencia simbólica y la presión de la opinión dominante.
Una carta dura, lúcida y profundamente actual, que nos obliga a preguntarnos hasta qué punto seguimos pensando por cuenta propia… o simplemente con los demás.