
El desafío del discípulo es niégate a ti mismo, no te creas autosuficiente. Dejemos que la cruz, nos lleve al punto de caer sobre nuestro rostro, y Dios tendrá preparado el oportuno socorro. Neguémonos a nosotros mismos, humillándonos y rindiéndonos al que nos puede extender la mano dependamos de su providencia, de su gracia, de su amor y compasión.