
Estamos a las puertas de la Navidad y la liturgia nos conduce, no al pesebre todavía, sino al corazón del misterio:
Dios cumple su promesa entrando en la historia humana.
En la primera lectura, el profeta Isaías habla a un rey concreto, Ajaz, en un momento de miedo e inseguridad. El rey se niega a pedir un signo, pero Dios no se retira. Al contrario, Dios insiste en salvar:
“El Señor mismo les dará por eso una señal:
He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo,
y le pondrán el nombre Emmanuel.”
Aquella palabra tenía un sentido inmediato para aquel momento histórico, pero —como nos enseña la Iglesia— el Espíritu Santo la había cargado de un sentido mucho más grande.
Lo que fue promesa en el siglo VIII antes de Cristo se despliega ahora en plenitud: el Hijo de Dios se hace carne en María.