
El plan de redención no fue una reacción divina ante el pecado humano, sino el propósito eterno de Dios, establecido antes de la fundación del mundo y cumplido soberanamente en Jesucristo. Desde Abraham hasta David, y finalmente en Cristo, Dios reveló progresivamente su pacto de gracia, mostrando que la salvación es obra exclusiva de Su voluntad, no del mérito humano. En Cristo, todo se concreta: Él es el Mediador prometido, el Cordero sin mancha que vino a redimir a su pueblo y a establecer un reino eterno de justicia y paz.