
La promesa de Dios a David revela la fidelidad divina y la soberanía de su gracia en la historia de la redención. No fue David quien aseguró su trono, sino Dios quien, por su propósito eterno, estableció un reino inconmovible que halló su cumplimiento en Jesucristo, el Hijo de David. En Él, Dios manifestó su pacto eterno de gracia, asegurando que su reino y su justicia perduren para siempre.