
Frida Kahlo no fue solo una pintora mexicana: fue una mujer que convirtió el dolor en lienzo, la identidad en espejo, y la vida en arte. Su obra, profundamente autobiográfica, se gestó entre accidentes, amores tumultuosos y un cuerpo que la traicionaba pero también la desafiaba. Pintó con sus entrañas, no con pinceles. Usó su cara como manifiesto, su ceja como trinchera y su útero roto como símbolo de una feminidad no domesticada.