
Cuando Dios nos brinda una promesa, no es simplemente una declaración vacía, sino un compromiso eterno. Es un recordatorio de que, a pesar de las dificultades aparentes, hay un plan divino que se desarrolla en nuestras vidas. La fe no elimina los obstáculos, pero nos proporciona la fuerza necesaria para superarlos. Cada desafío es una oportunidad para crecer, aprender y fortalecer nuestra relación con Dios. En lugar de dejarnos llevar por la ansiedad y la duda, debemos recordar las palabras del salmista: "Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo" (Salmo 23:4).