
Los monjes, desde la época colonial, han sido figuras significativas en la historia de México. Con la llegada de los españoles en el siglo XVI, órdenes religiosas como los franciscanos, dominicos y agustinos establecieron conventos que se convirtieron en centros de poder espiritual y educativo. La imagen del monje, con su hábito y aura de sabiduría, ha quedado grabada en la memoria colectiva, y con el tiempo, se ha transformado en un símbolo que trasciende lo religioso.
La figura del monje fantasma, en particular, podría interpretarse como una manifestación de las ansiedades y temores de la sociedad moderna. Las historias sobre estas apariciones suelen estar vinculadas a lugares históricos o conventos abandonados, lo que sugiere un deseo de reconectar con el pasado y explorar las heridas no sanadas de la historia mexicana.