
Duele, es cierto. Porque toda forma de rechazo genera dolor además de un toque de alerta al cerebro que avisa de que algo ocurre. Cuando esa negativa llega desde el plano afectivo y sexual, la inquietud es más profunda y despierta un gran número de sensaciones contrapuestas y emociones afiladas. “¿Ya no me desea?”, “¿es que he hecho algo?”, “¿es que ya no me quiere?”.
Tener pareja supone para muchos asumir que la receptividad siempre está presente y que el deseo es casi como una fuente de combustión que nunca se apaga. Y, sin embargo, ocurre. A veces no hay ganas. En ocasiones, las preocupaciones de la vida, la rutina u otros factores reducen el deseo. Sin embargo, que esto no ocurra no significa en todos los casos que el amor haya huido para siempre por la ventana…