
En la cordillera de los andes, pese el extremo frío, un ser de piel dorada descendió cubierto sólo con una túnica. Sus pasos se hundieron en el hielo. El hombre miró sus piernas cubiertas has ta la rodilla y se elevó un poco, hasta ajustar el nivel de la nieve y caminó sobre ella. Caminó unos días hasta encontrar el valle de nazca. Cuando se encontró en medio de las figuras talladas en la tierra, de sus ropas sacó una bolsita de piel que contenía huesos de arconte. Encendió una fogata, trazó su sigil y aventó a la fogata una mezcla de pirul, artemisa y amapola. Tomó unos hongos y los machacó lo suficiente para hacer una pasta con ceniza y sangre. Con esa pasta dibujó unos símbolos en su cara.