
Pedro oyó “Ven”, bajó, caminó… y cuando miró al viento comenzó a hundirse; entonces clamó “¡Señor, sálvame!” y terminó adorando. Este pasaje no exalta el impulso, sino la obediencia que se arriesga porque confía en el carácter de Jesús. Cerrar el año pide definirnos: ojos en la tormenta o en el Señor, seguridad de barca o paso de fe. Da el paso que Él te pide, clama cuando flaquees y vuelve a adorar: ahí empieza un año distinto.