Cerramos el año agradeciendo por un servicio vital: cada mañana, Biblia en mano, grabado desde un celular, y con un equipo fiel (Santiago, Esteban y Elizabeth) que edita y publica para que la Palabra llegue fresca a tu casa. No contamos chistes ni dogmas: anunciamos a Cristo con la Escritura y en el poder del Espíritu. Si este devocional te bendice, ayúdanos orando, suscribiéndote y compartiendo; deja tu comentario en YouTube y cuéntanos qué serie te marcó. Esta noche 10 p. m. recibimos el año de rodillas; en enero iniciamos 21 retos y luego 7 días de ayuno. Que en 2026 sigamos “bajándonos de la barca”, confiando en Jesús y sirviendo juntos.
Tu “barca” es todo lo que sientes seguro y cómodo fuera de Dios; lo que te impide decir “sí” cuando Jesús llama desde las olas. Puede ser relación, adicción, éxito, dinero, rutina o simple pereza. Salir de la barca no es imprudencia: es obediencia paso a paso—un poco cada día—hasta que el miedo deja de mandar. Escribe hoy cuál es tu barca y qué primer paso darás para bajarte: así empieza el 2026 con propósito y fe.
Pedro oyó “Ven”, bajó, caminó… y cuando miró al viento comenzó a hundirse; entonces clamó “¡Señor, sálvame!” y terminó adorando. Este pasaje no exalta el impulso, sino la obediencia que se arriesga porque confía en el carácter de Jesús. Cerrar el año pide definirnos: ojos en la tormenta o en el Señor, seguridad de barca o paso de fe. Da el paso que Él te pide, clama cuando flaquees y vuelve a adorar: ahí empieza un año distinto.
Hoy damos gracias por 2025: por la vida, la familia, el trabajo y la fidelidad de Dios que nos sostuvo “hasta aquí”. Presentamos el matrimonio, los hijos y los nietos; pedimos orden en las finanzas con corazón generoso, salud conforme a su voluntad y consuelo para el que está triste. Bendecimos casa y camino, oramos por la obra de Maná y rendimos el año que termina y el que inicia a su presencia. Que su Palabra nos guíe, su Espíritu nos fortalezca y su paz nos acompañe.
Los pastores oyeron, fueron de prisa, vieron, contaron y volvieron glorificando. Navidad no se queda en escuchar un mensaje bonito: invita a moverse hacia Belén, a buscar a Jesús y a responder con obediencia y testimonio. Si solo oímos, el corazón se enfría; si nos acercamos, vemos al Salvador y la alabanza nace sola. Hoy da el paso: ve, mira y cuéntalo.
Navidad empieza con un verbo: Dios dio. Dio a su Hijo (Jn 3:16) y, con Él, “todas las cosas” que realmente necesitamos (Ro 8:32). Jesús es el regalo mayor y, dentro de Él, vienen nuevos comienzos: perdón, vida eterna, dirección, paz. No se compra ni se merece; se recibe. Hoy, abre el regalo: dile al Padre que quieres a Cristo en tu corazón y deja que su amor sea la raíz y el cimiento de tu vida.
María no creyó a ciegas: se turbó, pensó, preguntó “¿cómo será esto?” y, tras escuchar, se rindió: “Hágase en mí según tu palabra”. Su respuesta muestra que la fe cristiana no cancela la razón; distingue entre la duda cerrada que busca excusas y la duda humilde que busca verdad. Este pasaje nos enseña a llevar preguntas a Dios con mente despierta y corazón dispuesto, para terminar en obediencia y alabanza.
Cuando nace el Rey, Herodes se turba; así también nuestra “carne” resiste perder el trono. Navidad nos pregunta si Jesús será un adorno tierno o el Señor que gobierna decisiones, deseos y horarios. Rendirse no es emoción sino obediencia: morir al viejo yo, dejar la religiosidad defensiva y dejar que su Palabra y su Espíritu marquen el rumbo. Si Cristo reina, hay libertad; si reina el ego, habrá miedo y violencia interior. Hoy, entrega el control y recibe al Rey.
Detenemos la prisa y alzamos la mirada: el que nació en Belén es nuestro Salvador y Paz. Venimos a su presencia para agradecer la redención comprada con su sangre, afirmar nuestra identidad de hijos y poner en sus manos decisiones, cargas y temores. Él intercede por nosotros, guarda nuestra casa y nos sostiene día a día; que su Palabra ordene el corazón, su Espíritu fortalezca la fe y su paz nos acompañe al cerrar el año y caminar en obediencia.
La Encarnación es el centro: el Hijo eterno se hizo verdaderamente Dios-con-nosotros y verdaderamente hombre; sin dejar su deidad, se vació de su gloria, abrazó la humildad y sufrió para salvarnos. Si esto es real, los demás “imposibles” del evangelio dejan de serlo. Navidad no es estatus ni lujo: es Dios que desciende, nos busca y nos llama a imitar su cercanía—menos espectáculo, más presencia; menos esnobismo, más compasión; fe que se hace servicio entre los que duelen.
Mateo 1:18–23 revela a Jesús concebido por el Espíritu: Dios es el Padre verdadero; y a la vez José recibe la paternidad legal y la misión de custodiar, nombrar y criar. “Emanuel” afirma que Dios mismo viene a nosotros, mientras la justicia serena de José nos enseña discreción, dominio propio, escucha y obediencia: no expone, espera, atiende la voz y hace lo que Dios manda. La Navidad recuerda que la salvación es obra de Dios y que nuestra parte es acogerla con fe y asumir con valentía la responsabilidad que nos toca.
Mateo no abre con “Había una vez”, sino con una genealogía: ancla a Jesús en la historia, no en el mito. Esa lista incluye reyes y fracasos, mujeres y extranjeros, para decirnos que Dios escribe su gracia en líneas humanas reales. Navidad no es una moraleja ni un impulso de autoayuda; es una noticia: Dios entró en nuestra historia para salvar. Si Cristo asumió esa familia, también puede asumir la tuya y hacer nueva tu vida.
La Navidad se llena de luces, pero la Biblia dice que la verdadera luz es Cristo: sin Él seguimos en tinieblas aunque todo brille afuera. Este devocional invita a mirar más allá del adorno y dejar que Jesús ilumine dentro: reconocer el pecado, creer el Evangelio y ordenar la vida a su Palabra. Cuando la luz de Cristo entra, la oscuridad cede, las decisiones se vuelven claras y la esperanza deja de ser temporada para ser camino.
Nos detenemos, cerramos la puerta y alzamos la mirada: nuestro socorro viene de Dios. Su presencia define nuestra identidad—hijos e hijas en Cristo—y nos completa más que empleo, dinero o compañía. Hoy bebemos del Agua Viva, elegimos vivir por fe y no por vista, y ponemos ante Él decisiones, cargas y temores; que su Palabra ordene el corazón, su Espíritu nos fortalezca y su paz sea nuestra seguridad para caminar el día.
La disciplina vale porque mira más allá del calendario: practicada en el Espíritu, ordena el día de hoy y siembra para la vida eterna. Ver las rutinas de Palabra, oración, congregación y servicio con “lentes de eternidad” reubica prioridades, libera del impulso de la improvisación y convierte cada decisión en tesoro en el cielo. No es activismo ni perfeccionismo: es constancia sobria que, guiada por el Espíritu, forma carácter ahora y permanece para siempre.
Las disciplinas no se sostienen solo con fuerza de voluntad: la carne se opone, el Espíritu impulsa. Por eso invitamos al Espíritu Santo; la autodisciplina deja de ser castigo y se vuelve siembra para la vida. Piensa en las cosas del Espíritu, ocúpate en ellas y vive desde ellas: Palabra, oración, comunidad y servicio. Así la perseverancia tiene ayuda, los hábitos cambian de raíz y la victoria se hace diaria.
Perseverar en las disciplinas exige definir lo primero: buscar el reino, ordenar el día con devoción, y dejar que el Espíritu use hábitos sencillos (Palabra, oración, adoración, servicio y descanso) para formar a Cristo en nosotros. Las disciplinas no son legalismo ni lista de tareas; son prioridades vivas, practicadas en comunidad, que ponen el tesoro en Dios y vuelven eficaz el resto del tiempo. Elige cada mañana “primero lo primero” y sosténlo con constancia.
Ser discípulo es ser aprendiz: amar a Dios con la mente, buscar instrucción y atesorar conocimiento que transforme la vida. La sabiduría no llega por accidente; se cultiva con atención constante a la Palabra, preguntas honestas y hábitos estables de estudio. Aprende cada día, ordena tu mente para obedecer mejor y deja que el conocimiento de Cristo moldee carácter, decisiones y servicio.
Devocional | Viernes de Oración
Jesús nos enseñó a cerrar la puerta y orar al Padre en secreto; hoy elegimos detener la prisa, aquietar el alma y anclarla en Dios: nuestra roca y seguridad por encima de contratos o circunstancias. Venimos sin ruido ni multitarea, recibimos su pan y su agua, y encomendamos camino y familia; la gratitud ordena la mente, la fe reposa y su presencia nos levanta para vivir el día en el Espíritu.
El silencio cristiano no es vacío ni autoexaltación: es callar ante el Señor para adorarlo, confiar, esperar su salvación, ser restaurados y recuperar perspectiva. Apagamos el ruido, frenamos la palabra y dejamos que su Espíritu ilumine el corazón, revele lo que estorba y devuelva paz y fuerza. Menos prisa y opinión; más presencia, escucha y obediencia.