
Detenemos la prisa y alzamos la mirada: el que nació en Belén es nuestro Salvador y Paz. Venimos a su presencia para agradecer la redención comprada con su sangre, afirmar nuestra identidad de hijos y poner en sus manos decisiones, cargas y temores. Él intercede por nosotros, guarda nuestra casa y nos sostiene día a día; que su Palabra ordene el corazón, su Espíritu fortalezca la fe y su paz nos acompañe al cerrar el año y caminar en obediencia.