
Nos detenemos, cerramos la puerta y alzamos la mirada: nuestro socorro viene de Dios. Su presencia define nuestra identidad—hijos e hijas en Cristo—y nos completa más que empleo, dinero o compañía. Hoy bebemos del Agua Viva, elegimos vivir por fe y no por vista, y ponemos ante Él decisiones, cargas y temores; que su Palabra ordene el corazón, su Espíritu nos fortalezca y su paz sea nuestra seguridad para caminar el día.