Hay enemigos invisibles que llegan desde fuera…y otros que ya viven dentro de nosotros. Uno de ellos es Candida albicans, un hongo que forma parte de nuestra microbiota, y que a veces decide rebelarse.
En 1692, en la pequeña comunidad de Salem, Massachusetts, varias jóvenes comenzaron a tener convulsiones, alucinaciones y extraños ataques nerviosos. El pueblo entero creyó que estaban poseídas. Pronto, las acusaciones de brujería se multiplicaron… y los juicios de Salem se convirtieron en uno de los episodios más oscuros de la historia colonial. Pero siglos después, los científicos plantearon otra explicación: un hongo invisible en el pan.
En 1976, en un remoto hospital de Yambuku, en laactual República Democrática del Congo, comenzó un brote misterioso. Pacientes con fiebre alta, dolor muscular y hemorragias masivas. Los médicos no sabían qué enfrentaban, pero pronto quedó claro: era algo nuevo y aterrador.
A principios del siglo XX, una enfermedad marcaba a Europa con dolor y estigma: la sífilis. Causada por la bacteria Treponema pallidum, destruía lentamente el cuerpo y la mente. No había cura. Hasta que un médico alemán imaginó algo imposible: una bala mágica que atacara al microbio sin dañar al paciente.
A mediados del siglo XX, el mundo vivía con un miedo constante: la poliomielitis. Cada verano, miles de niños quedaban paralizados de por vida. Las piscinas se vaciaban, las familias se encerraban en casa, y las salas de hospitales se llenaban de pulmones de acero para ayudar a los pequeños arespirar.
Cada año, en España mueren más de 4.000 personas por infecciones causadas por bacterias resistentes a los antibióticos. Es una cifra superior a la de los accidentes de tráfico. Un enemigo silencioso que crece dentro de nuestros hospitales y comunidades: la resistencia a los antibióticos.”
Los hospitales son lugares para curar… pero también, a veces, escenario de nuevas infecciones. Son las llamadas infecciones relacionadas con la asistencia sanitaria, un enemigo invisible que acecha incluso en los lugares donde vamos a sanar.
Cuando hablamos de exploración espacial pensamos en astronautas, cohetes y planetas lejanos. Pero lo cierto es que los primeros colonos del espacio… fueron los microbios.
En el siglo XIX, la tuberculosis era conocida como la ‘peste blanca’. Una de cada siete personas en Europa moría por su culpa. Era una sentencia de muerte lenta, con fiebre, tos con sangre y un desgaste implacable. Hasta que un médico alemán decidió mirarla de frente: Robert Koch
Una mancha roja en forma de anillo, que pica y se extiende poco a poco. Durante siglos se creyó que era un castigo, una maldición o incluso la mordedura de un gusano. Hoy sabemos que es algo más sencillo… y más invisible: un hongo. La tiña
Cada año, millones de personas cruzan fronteras en busca de vacaciones, trabajo o aventura. Y muchos se llevan de recuerdo algo inesperado: la diarrea del viajero. El souvenir más común… y menos deseado.
En el siglo XIX, la rabia era una de las enfermedades más temidas. Una mordedura de perro podía ser una sentencia de muerte lenta y terrible: fiebre, espasmos, hidrofobia, delirio… y al final, la muerte. No existía tratamiento. Hasta que un científico francés decidió enfrentarse al monstruo invisible: Louis Pasteur
En el siglo XVII, mientras Europa hablaba de Newton y Galileo, un comerciante de telas en Holanda hacía historia con un pequeño trozo de vidrio. Su nombre: Antony van Leeuwenhoek. Su descubrimiento: un mundo invisible que nadie había visto jamás.
Hubo un momento en la historia en el que Europa entera se vio de rodillas ante un enemigo invisible. Un enemigo que viajaba en barcos, en roedores… y en las pulgas que los acompañaban. Era la peste negra, la gran pandemia del siglo XIV.
Durante décadas, los antibióticos fueron el milagro de la medicina moderna. Con ellos, la humanidad creyó haber vencido a su enemigo invisible. Pero los microbios… aprendieron
Un descuido en un laboratorio cambió la historia de la medicina. Un hongo que cayó donde no debía… abrió la puerta a la era de los antibióticos.
Un simple corte con un clavo oxidado puede ser la puerta de entrada a uno de los venenos más potentes del planeta. Un microbio que provoca la llamada ‘sonrisa sardónica’: la mueca mortal del tétanos.
Una simple pastilla ha salvado a millones de personas de la ceguera y la filariasis. Pero hoy, la ivermectina se estudia con un propósito aún más ambicioso: cortar de raíz la transmisión de enfermedades como la malaria.
En las orillas de los ríos de África y América Latina, un diminuto insecto transporta un enemigo que roba la vista: un gusano microscópico llamado Onchocerca volvulus.
Hong Kong, verano de 1894. Una epidemia de peste arrasaba la ciudad. Las calles estaban llenas de cadáveres, el miedo se extendía, y un joven médico franco-suizo se preparaba para un descubrimiento que cambiaría la historia: Alexandre Yersin.