En este episodio, Xavier Marcet pone el foco en una idea tan simple como incómoda: nuestras agendas dicen la verdad sobre quiénes somos y qué priorizamos. Podemos hablar de propósito, innovación o aprendizaje, de todo lo que queramos, pero si no tienen cabida real entre reuniones, correos y mensajes, se quedan en la retórica aspiracional. La agenda es la prueba definitiva de la autenticidad.
Marcet reflexiona sobre cómo, sin darnos cuenta, dedicamos más tiempo a la circunstancia que a la sustancia y acabamos cayendo en una superespecialización vacía, una pendiente directa hacia la mediocridad. El tiempo vivido con pasión multiplica; el tiempo gestionado con desdén resta. Nuestra relación con el tiempo define tanto nuestros resultados profesionales como nuestra manera de estar en el mundo.
El episodio también alerta sobre un riesgo creciente: convertirnos en máquinas de responder sin parar, acumulando decisiones y tareas pendientes, mientras perdemos la capacidad de formular buenas preguntas. Citando a Peter Drucker, Marcet recuerda que muchas decisiones peligrosas no son malas respuestas, sino buenas respuestas a malas preguntas, un error no forzado que las organizaciones cometen con demasiada frecuencia y que en la era de la inteligencia artificial será todavía más grave.
Desde ahí, introduce un tema central: los ladrones de tiempo. Reuniones sin sentido, correos innecesarios, presentaciones interminables, indicadores inútiles, encuestas infinitas, impuntualidad normalizada, procesos que procrastinan en lugar de resolver. Una cultura poco exigente con el tiempo de las personas termina erosionando uno de los activos más valiosos de cualquier organización.
Marcet defiende que liderar también consiste en exigir respeto por el tiempo ajeno y en dar eficacia al propio, priorizando, poniendo foco y evitando la dispersión que conduce a una ineficacia tan entretenida como estéril. Porque las empresas no son máquinas ni hojas de Excel: son ecosistemas vivos.
El episodio cierra con una invitación clara y práctica: revisar cómo invertimos nuestro tiempo, identificar a los ladrones que lo vacían de sentido y asumir que cuidar el tiempo —el propio y el de los demás— es una de las formas más concretas y exigentes de ejercer un liderazgo auténtico.
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En este episodio, Xavier Marcet pone palabras a una idea que a menudo se dice en voz baja: hay personas que disfrutan con su trabajo, y no debería ser motivo de culpa. Sin negar la dureza de muchos entornos laborales —el estrés, el sinsentido, la mediocridad persistente o las relaciones tóxicas—, Marcet decide mirar también a quienes viven el trabajo como una parte positiva de su vida, aun sabiendo que el trabajo implica decisiones difíciles, momentos de duda y días duros.
A lo largo del episodio, reflexiona sobre qué hace posible esa experiencia y la articula en torno a cinco claves profundamente humanas. Disfrutamos más cuando trabajamos con personas con las que podemos ser nosotros mismos, en equipos donde la colaboración pesa más que el reproche, donde hay comunicación, complicidad y sentido del humor.
Disfrutamos cuando seguimos aprendiendo, porque dejar de aprender es dejar de pensar, y pensar bien es hoy una competencia esencial en un mundo marcado por la inteligencia artificial. Disfrutamos cuando lo que hacemos tiene sentido y conecta un propósito compartido con un legado que trasciende lo inmediato y lo personal.
Marcet introduce, además, la importancia de la perspectiva: saber distinguir entre excusas, molestias, problemas y dilemas permite enfrentarse a la complejidad sin dramatizarla ni convertirla en un servicio. Y subraya el valor de la responsabilidad ejercida con respeto y autenticidad, especialmente por quienes lideran, toman decisiones difíciles y sostienen comunidades comprometidas. Sin respeto, todo se desarticula; sin autenticidad, la mediocridad acaba imponiéndose.
El episodio no olvida que las condiciones laborales y la retribución importan, pero recuerda que también existe una disposición personal: hay personas que tienden a disfrutar y a hacer disfrutar, y otras que arrastran la amargura allí donde van. Desde ahí, Marcet define el management humanista como una práctica exigente que busca combinar competitividad y crecimiento personal para que el trabajo pueda ocupar, si así se desea, la parte soleada de la vida.
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Vender no es solo cerrar operaciones. Es comprender, observar y escuchar lo que el cliente dice… y lo que nunca llega a decir. En este episodio, Xavier Marcet desmonta la idea de que vender es un oficio de oportunistas y lo redefine como una combinación de empatía, persuasión auténtica y capacidad para anticipar el futuro de la empresa.
A partir de experiencias reales y aprendizajes profundos, reflexiona sobre el papel estratégico del vendedor: alguien que no solo trae negocio, sino también información crítica para innovar, mejorar productos y sostener el crecimiento a medio plazo. Porque si los vendedores no creen en las innovaciones de la empresa, difícilmente podrán transmitirlas con convicción a los clientes.
Este episodio invita a replantear la relación entre ventas e innovación y a entender por qué, en muchas organizaciones, “los que saben vender comen aparte”.
¿Qué distingue a un vendedor que cierra hoy… de uno que también siembra el mañana?
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¿Qué puede aprender una empresa de un equipo que gana en los últimos cuatro segundos? Más de lo que parece.
En este episodio, Xavier Marcet explora cómo el deporte ilumina algunas de las claves más profundas del liderazgo y la gestión: la importancia de pensar antes de actuar, la sencillez como forma superior de competitividad, la cultura del equipo como estado de ánimo y la capacidad de levantarse después de fallar.
Desde anécdotas con entrenadores hasta lecciones de figuras como Cruyff, Nadal, Federer o Michael Jordan, Marcet muestra cómo las empresas, igual que los grandes equipos, crecen cuando combinan preparación, humildad, ambición y hambre de aprender.
Un episodio para quienes creen que liderar es, también, entrenarse para jugar mejor cada día.
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Todos hablamos de cultura corporativa, pero ¿cuántos la han visto de verdad?
Xavier Marcet plantea una idea incómoda: la cultura no está en los valores escritos, sino en los gestos que no se planifican y en las decisiones que nadie interpreta como “estratégicas”. Está en cómo se abren las puertas, en cómo se habla de los ausentes y en quién toma la palabra cuando el cliente no está en la sala.
A partir de un estudio del MIT que analiza millones de señales culturales, Marcet propone un mapa que no pretende definir qué es una “buena cultura”, sino revelar aquello que realmente condiciona cómo funciona una organización cuando la presión aprieta. Pero el episodio va más allá: muestra cómo culturas admirables pueden perder el alma sin darse cuenta, y cómo otras renacen cuando alguien recupera lo esencial.
Entre ejemplos de empresas globales y observaciones sencillas de la vida real, surge una pregunta que todos hemos sentido alguna vez pero que casi nadie se atreve a formular:
¿Qué cultura estoy contribuyendo a crear cada día, aunque no lo diga en voz alta?
Marcet recuerda que la cultura no se copia, no se hereda ni se maquilla: se encarna.
Y que cambiarla no empieza con un plan, sino con una conversación distinta, una reunión distinta, una coherencia distinta.
El episodio es, en el fondo, una invitación silenciosa:
Antes de preguntar qué cultura tiene tu empresa, pregúntate qué cultura tiene tu comportamiento.
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Hay una verdad incómoda en el liderazgo que a menudo pasamos por alto: si no sabes gestionarte a ti mismo, difícilmente podrás liderar a nadie.
En este episodio, Xavier Marcet recupera uno de los textos más lúcidos de Peter Drucker —quizá el último que publicó antes de morir— y lo convierte en una invitación directa a mirarnos al espejo.
La idea central es simple, pero nada fácil: liderar empieza por dentro.
Drucker plantea siete claves que siguen siendo sorprendentemente modernas: trabajar desde las fortalezas, entender cómo aprendemos, conocer cómo funcionamos, alinear valores con el trabajo, decidir dónde aportamos más, cuidar las relaciones y preparar la segunda mitad de la vida con antelación.
Pero el episodio va más allá del artículo.
Xavier añade once notas propias que aterrizan en la realidad actual:
La importancia de pensar por cuenta propia, administrar esfuerzos, gestionar la concentración, evitar convertirnos en “spam de nosotros mismos”, cuidar la marca personal y preferir siempre la honestidad.
No es un episodio sobre productividad.
Es un episodio sobre criterio, sobre autogobierno, sobre lo que pasa cuando dejamos de vivir en piloto automático.
Y deja una pregunta abierta, de esas que se quedan dando vueltas durante días:
¿Qué parte de tu liderazgo está fallando porque no te estás liderando a ti mismo?
Si buscas un episodio que te obligue —sin dramatismos— a hacer un examen interno, este merece tu tiempo.
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Hay episodios que no hablan solo de liderazgo. Hablan de vida, de orígenes, de caídas y de esas trayectorias que, contra todo pronóstico, acaban construyendo algo que dura más que quienes lo empezaron.
En este episodio, Xavier Marcet parte de un recuerdo íntimo —una infancia entre telas, fábricas y cansancios dignos— para abrir una pregunta que no siempre nos hacemos cuando hablamos de management:
¿Qué convierte a una persona en un legado… y a una empresa, en una obra que perdura?
A partir de ahí, el episodio te lleva por cuatro historias que no se explican solo con números:
empresarios que empezaron desde abajo, que combinaron ambición y humildad sin perder el alma, que crecieron sin volverse imbéciles, que evitaron la ostentación cuando era lo fácil.Amancio Ortega. Ferragamo. Cucinelli. Isak Andic.
No como estatuas, sino como humanos que decidieron crecer sin olvidar de dónde venían.
Entre líneas, el episodio plantea algo incómodo y necesario:
No hay excelencia sin raíces, ni legado sin riesgo, ni grandeza sin una forma muy concreta de mirar a los demás.
Si te interesa entender qué diferencia a quien solo dirige de quien deja huella —y por qué algunos líderes construyen empresas que atraviesan generaciones— este episodio te va a acompañar durante días.
Al final, lo que deja huella no es el éxito.
Es cómo se consigue.
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A veces creemos que la estrategia está en los planes, en los indicadores o en los PowerPoints. Pero la verdadera estrategia —la que transforma de verdad— está en las personas.
En este episodio, Xavier Marcet parte de una anécdota entre Oxford y Cambridge para explicar una lección que nunca ha olvidado: las ideas no caminan solas.
Oxford tenía un plan estratégico impecable. Cambridge no tenía ninguno. Su respuesta lo cambió todo:
“Desde el siglo XVIII intentamos atraer a los mejores. Ellos ya saben lo que hay que hacer.”Marcet reflexiona sobre cómo las organizaciones más sólidas no siempre tienen los planes más elaborados, sino la claridad estratégica para saber adónde van y el talento humano para llegar allí.
Porque la estrategia no son los documentos, ni las metodologías de moda, ni las consultoras que multiplican planes.
La estrategia es:
En un mundo dominado por algoritmos y automatización, Marcet recuerda algo esencial:
“Las ideas, por brillantes que sean, no tienen patas. La diferencia estratégica la ponen las personas.”Un episodio que devuelve el protagonismo del management a donde siempre ha pertenecido: a la humanidad.
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Liderar es servir, no servirse. Es marcar una hoja de ruta con visión, humildad y autenticidad. Pero, según Xavier Marcet, hay directivos que empequeñecen su función al caer en comportamientos que los convierten en líderes menores.
En este episodio se enumeran diez señales que delatan un liderazgo débil: refugiarse en planes sin pensar por cuenta propia, no sintetizar, escribir correos interminables, convocar reuniones de baja calidad, exhibir el poder con ostentación, evitar conversaciones difíciles, caer en el micromanagement, llenar agendas sin sentido, acaparar oportunidades sin delegar y, finalmente, vivir de PowerPoint en PowerPoint sin autenticidad real.
Marcet recuerda que las reuniones, las agendas o las conversaciones son espejos de la calidad de un liderazgo. Y que la falta de autenticidad conduce directamente a la mediocridad.
Un episodio que invita a reflexionar sobre los detalles que destruyen la confianza y diferencian a los líderes que hacen crecer de aquellos que se quedan en la superficie.
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Xavier Marcet parte de una metáfora futbolística: un equipo que juega siempre con los mismos once, temporada tras temporada. Algunos siguen en forma, otros ya no; unos aprenden nuevas tácticas, otros se aferran a lo clásico; algunos solo se motivan en los grandes partidos. Ese equipo, inevitablemente, pierde frescura y competitividad.
Lo mismo ocurre en muchas organizaciones: los puestos de responsabilidad se convierten en cargos permanentes, más asociados a la inercia que al mérito real del momento. Se confunde la meritocracia de acceso con la meritocracia de permanencia.
Marcet defiende que las empresas necesitan meritocracias sensatas, que combinen movilidad y flexibilidad:
La clave, dice, está en repensar los comités de dirección y sus lógicas rígidas, creando arquitecturas de decisión más dinámicas y adaptables. Una organización sana es aquella donde muchos quieren asumir responsabilidades y donde siempre se alinean los mejores para cada reto.
En definitiva, liderar con meritocracias sensatas es garantizar el futuro de la organización sin perder talento ni bloquear su flujo.
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Xavier Marcet reivindica el sentido común como el pilar más sólido —y a menudo olvidado— del management. Frente a la obsesión por sofisticar, recuerda que para complicar sirven muchos, pero para simplificar hacen falta líderes con criterio, humildad y autenticidad.
En este episodio comparte 20 proposiciones que condensan lo que significa gestionar con sentido común: poner al cliente por encima de la burocracia, anteponer sostenibilidad al cortoplacismo, dar más valor al aprendizaje que a la formación, derribar silos con solidaridad, usar la empatía antes que la tecnología, preferir esfuerzo a excusas, liderar más que mandar, priorizar propósito y legado, distinguir humanismo de buenismo, elegir sencillez sobre simplicidad y autenticidad frente a mediocridad.
El management del sentido común no es teoría, es práctica exigente: crecer sin perder el alma, preferir a las buenas personas, y recordar siempre que la prosperidad surge cuando las empresas son competitivas y, al mismo tiempo, contribuyen a sociedades más equilibradas.
Marcet concluye que el verdadero liderazgo no se mide en horas de PowerPoint ni en métricas huecas, sino en la capacidad de hacer que las cosas pasen con coherencia, humildad y sabiduría.
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¿Cómo empezar con la inteligencia artificial sin perder el foco del día a día?
Las empresas saben que deben moverse, pero no todas saben por dónde empezar ni qué pasos son los correctos.
En este episodio, Xavier Marcet aborda una de las preguntas más urgentes del management actual: cómo incorporar la IA sin dejar de servir a los clientes, sin caer en la moda tecnológica y sin perder el alma.
Explica que el punto de partida no está en la tecnología, sino en cuatro ámbitos clave que deben guiar cualquier estrategia sensata:
Marcet recuerda que la inteligencia artificial no sustituirá la estrategia ni el criterio, y que la verdadera ventaja competitiva seguirá siendo pensar mejor, no solo automatizar más.
La recomendación es clara:
“No viviremos de la inteligencia artificial. Viviremos de clientes que la usen para seguir eligiéndonos.”Un episodio imprescindible para quienes buscan introducir la IA con sentido, sin prisa y sin perder humanidad.
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→ Mírate este y especialmente este otro que empieza en pocos días; todavía quedan plazas, o puede que ya no...
Xavier Marcet describe un mal demasiado común en las organizaciones: la tendencia a complicarlo todo hasta vaciar de sentido lo esencial. Formularios interminables, reuniones que se alargan sin rumbo, comités innecesarios, jerarquías absurdas y reporting que crece por inercia. Eso es hinchar la nada: sofisticar lo inútil.
El problema es que la burocracia no crea valor. Una empresa no vive de indicadores ni de PowerPoints, vive de clientes, de margen, de producir bien y cobrar a tiempo. Cuando las estructuras crecen más que las personas y se pierde el foco en el cliente, el éxito acaba desfigurando a las organizaciones.
Marcet reivindica la sencillez como antídoto. No confundirla con la simplicidad ingenua, sino entenderla como claridad, agilidad y sentido común al servicio de quienes realmente importan: los clientes y las personas que hacen posible la empresa.
El liderazgo, concluye, consiste en frenar la coalición de expertos y burócratas y apostar por quienes combinan ambición con humildad, resultados con sencillez y crecimiento con alma.
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Xavier Marcet cuestiona una confusión habitual en las organizaciones: pensar que añadir equivale a mejorar. Añadir más procesos, más indicadores, más reuniones o más comités no incrementa valor; al contrario, suele generar burocracia, complejidad y mediocridad.
Liderar no consiste en acumular, sino en decidir, simplificar y renunciar. Lo difícil no es sumar ocurrencias, sino quitar lo que sobra, enfrentar la complejidad sin incrementarla y aprender a decir “no” de forma positiva para mantener el foco.
Marcet advierte también sobre la tentación de la inteligencia artificial como fábrica de añadidos sin sentido. La clave no será dejarse llevar por el mimetismo, sino pensar más, ejercitar criterio y sumar lo único que realmente importa: sabiduría, sencillez, ilusión y alma.
Añadir por añadir no nos hace mejores. Lo que nos hace mejores es crecer haciendo crecer, cuidar los detalles y no perder nunca la esperanza de construir organizaciones con sentido humano.
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El buen management no se basa en recetas infalibles ni en verdades absolutas. Para Xavier Marcet, se apoya en algo más frágil y a la vez más decisivo: un ramillete de coherencias.
A lo largo de su historia, las empresas prueban metodologías, modas y herramientas diversas. Algunas funcionan en un contexto, con unas personas y en un momento determinado; otras, en cambio, fracasan en circunstancias parecidas. Lo que marca la diferencia no son los manuales, sino la capacidad de pensar, de aprender y de sostener una cultura que conecte con los clientes.
Marcet recuerda que, al final, todo se reduce a lo esencial: vender con margen, producir eficientemente y cobrar a tiempo. Lo demás son adornos que solo funcionan si se alinean con un conjunto de coherencias que evita caer en silos, burocracias o arrogancias.
La gran coherencia, insiste, es saber crecer sin perder el alma. Sin ella, las empresas empiezan a declinar justo cuando parecen estar en la cima.
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Xavier Marcet nos invita a imaginar un gesto que parece del pasado, pero que podría volver con más fuerza que nunca: escribir cartas a mano. No por necesidad, sino por gusto. No por falta de medios digitales, sino por la riqueza de dedicar tiempo y autenticidad a alguien.
Las cartas, dice Marcet, son comunicación tangible, artesanal, que incorpora algo que los mensajes instantáneos no siempre transmiten: el tiempo del otro convertido en caligrafía. Y ese tiempo, esa atención, es la forma más alta de respeto y aprecio.
Más allá de la nostalgia, Marcet lo conecta con el management: rescatar lo esencial, lo auténtico, lo que humaniza las relaciones en un mundo saturado de inmediatez. Quizás volver a escribir cartas sea, en realidad, una innovación.
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Hay decisiones que, aunque se compartan, acaban recayendo en una sola persona. Y ese instante, inevitable, es la soledad del manager.
En este episodio, Xavier Marcet reflexiona sobre el peso de liderar en la incertidumbre. La complejidad no se resuelve con fórmulas rápidas ni con promesas populistas; exige pensar en soledad, razonar en equipo y asumir con autenticidad la última palabra.
Esa soledad no es un destino, es un viaje. Es el espacio donde se mide la responsabilidad de quien no delega su futuro en terceros ni se esconde tras artificios. Liderar, al fin y al cabo, es aceptar la complejidad como un privilegio de servicio: menos artificio, más autenticidad; menos procesos vacíos, más propósito real.
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Sacar la mejor versión de un equipo no es un acto de inspiración aislado, es una práctica diaria.
En este episodio, Xavier Marcet comparte diez principios —nacidos del trabajo real con un equipo joven y en crecimiento— para que un líder impulse el talento de su gente sin caer en el paternalismo ni en la improvisación.
Desde pedir soluciones en lugar de problemas, hasta aprender a decir “no” de forma positiva. Desde diferenciar excusas de obstáculos reales, hasta inspirar con el ejemplo y mantener la tensión como algo constructivo.
También hay un recordatorio clave: el humanismo exige respeto y resultados, no indulgencia infinita. Y un cierre que lo resume todo: para que tu gente crezca, tienen que verte disfrutar, con los ojos brillando por lo que haces.
Diez ideas simples, pero difíciles de practicar, que pueden transformar la forma en la que lideras.
Escúchalo y pregúntate: ¿estás sacando la mejor versión de tu equipo o solo la versión más cómoda?
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Hablar mal del corto plazo está de moda. Pero el problema no es el corto plazo, es el cortoplacismo.
En este episodio, Xavier Marcet explica por qué las empresas no pueden vivir solo del presente… ni del futuro en abstracto. Y por qué la verdadera habilidad de un líder está en combinar la trinchera y la atalaya, dando resultados hoy mientras se construye el mañana.
Desde la diferencia entre negocios y empresas, hasta el papel del propósito como puente entre plazos, Marcet analiza cómo evitar que la urgencia devore la estrategia y que la estrategia olvide la urgencia.
No es una defensa del largo plazo ingenuo, ni del día a día sin visión. Es un recordatorio de que la coherencia entre presente y futuro es el antídoto contra la mediocridad y el populismo… dentro y fuera de la empresa.
Escúchalo y pregúntate: ¿estás gestionando para el próximo trimestre o para la próxima década?
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En demasiadas conversaciones sobre liderazgo, “humanismo” se confunde con “buenismo”. Y no son lo mismo.
En este episodio, Xavier Marcet explica por qué el management humanista no es indulgencia sin límites, ni condescendencia con quien no aporta, ni evasión de las conversaciones difíciles. Es, en cambio, una apuesta por resultados que respeten la dignidad de las personas, por una competitividad con límites claros y por la intolerancia hacia comportamientos tóxicos, insolidarios o improductivos.
Defiende que liderar con humanismo es también:
Este episodio no endulza la realidad. Invita a pensar cómo combinar competitividad y derechos, cómo evitar que la cultura se convierta en excusa y cómo liderar sin caer en la mediocridad que se disfraza de “ser buena persona”.
Escúchalo y pregúntate: en tu organización, ¿hay humanismo… o solo buenismo?
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