
Obedecer es más que una acción externa; es una postura del corazón. Es reconocer que nuestra vida no nos pertenece del todo, que hay un propósito mayor que nos trasciende y que nos invita a rendirnos. Obedecer aunque cueste es aceptar que la voluntad de Dios no siempre coincide con nuestros deseos inmediatos, pero siempre nos conduce a lo mejor. Es como un río que fluye hacia el mar: aunque el cauce parezca estrecho y difícil, el destino es inmenso y eterno.
Tu amigo Israel Meza, que Dios te bendiga siempre y recibe un fuerte abrazo.