
Proverbios 16:9, “El corazón del hombre traza su rumbo, pero el Señor dirige sus pasos.”
Proverbios 16:9 presenta una de las tensiones más reales y hermosas de la vida espiritual: la interacción entre nuestra voluntad y la soberanía de Dios. Los seres humanos tenemos la necesidad natural de planificar, de diseñar el futuro, de construir rutas y proyectar escenarios. Tomamos decisiones, soñamos con resultados, intentamos ordenar nuestra vida según lo que entendemos, según lo que creemos que es correcto. Sin embargo, este proverbio nos revela una verdad que, aunque en ocasiones resulta incómoda, también es profundamente liberadora: nuestros planes no son el destino final; es Dios quien dirige nuestros pasos.
Esta afirmación no invalida nuestra capacidad de pensar, decidir o proyectar. Al contrario, reconoce que la vida humana es un equilibrio constante entre lo que anhelamos y lo que Dios sabe que realmente necesitamos. Lo que el proverbista expresa es que, aun cuando trazamos caminos con intención, es la fidelidad divina la que determina el rumbo definitivo. Y lejos de ser un acto de imposición, esta dirección divina se convierte en un acto de cuidado. Dios corrige, redirige y conduce no para limitar nuestras aspiraciones, sino para preservarnos, para cumplir Su propósito y para evitar que caminemos hacia rutas que parezcan correctas, pero que no conducen a vida.