Mateo 3, 13–17
En aquel tiempo, Jesús vino de Galilea al Jordán para que Juan lo bautizara.Pero Juan trataba de impedírselo, diciendo:“Soy yo el que necesita ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?”
Jesús le respondió:“Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia”.
Entonces Juan accedió.
Una vez bautizado, Jesús salió del agua; en ese momento se abrieron los cielos, vio al Espíritu de Dios descender como paloma y posarse sobre él, y se oyó una voz del cielo que decía:“Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”.
Cuando Cristo crece, no te hace más pequeño: te hace más libre
Jn 3, 22–30
En aquel tiempo, Jesús fue con sus discípulos a Judea y permaneció allí con ellos, bautizando.También Juan estaba bautizando en Enón, cerca de Salim, porque ahí había mucha agua. La gente acudía y se bautizaba, pues Juan aún no había sido encarcelado.
Surgió entonces una discusión entre algunos discípulos de Juan y unos judíos acerca de la purificación. Los discípulos de Juan fueron a decirle:“Maestro, aquel que estaba contigo al otro lado del Jordán, y de quien diste testimonio, ahora está bautizando, ¡y todos van con Él!”
Respondió Juan:“Nadie puede apropiarse nada si no le ha sido dado del cielo.Ustedes mismos son testigos de que dije: ‘Yo no soy el Mesías, sino el enviado delante de Él’.En una boda, el que tiene a la novia es el novio; el amigo del novio, que está a su lado y lo escucha, se alegra al oír su voz.Así también yo me lleno de alegría.Es necesario que Él crezca y que yo disminuya.”
Cuando te atreves a mostrar tu herida, descubres que Jesús no se aleja: se acerca y te toca.
Lucas 5, 12–16
Estando Jesús en una ciudad, se presentó un hombre lleno de lepra. Al ver a Jesús, cayó rostro en tierra y le suplicó: Señor, si quieres, puedes limpiarme. Jesús extendió la mano, lo tocó y dijo: Quiero, queda limpio. Y al instante la lepra desapareció. Él le ordenó que no lo dijera a nadie, sino: Ve, preséntate al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio. Pero su fama se extendía cada vez más, y acudían grandes multitudes para escucharlo y para que los curara de sus enfermedades. Él, por su parte, se retiraba a lugares solitarios para orar.
Jesús no solo lee la Escritura… la cumple. Y ese ‘hoy’ sigue siendo hoy para ti
(Lucas 4, 14–22)
En aquel tiempo, con la fuerza del Espíritu, Jesús volvió a Galilea. Iba enseñando en las sinagogas; todos lo alababan y su fama se extendió por toda la región.Fue también a Nazaret, donde se había criado. Entró en la sinagoga, como era su costumbre hacerlo los sábados, y se levantó para hacer la lectura.Se le dio el volumen del profeta Isaías, lo desenrolló y encontró el pasaje donde estaba escrito:“El Espíritu del Señor está sobre mí,porque me ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva,para anunciar la liberación a los cautivosy la curación a los ciegos,para dar libertad a los oprimidosy proclamar el año de gracia del Señor.”Enrolló el volumen, lo devolvió al encargado y se sentó. Los ojos de todos los asistentes a la sinagoga estaban fijos en él.Entonces comenzó a hablar, diciendo: “Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír.”Todos le daban su aprobación y admiraban la sabiduría de sus palabras.
Jesús no quita la tormenta primero… se hace presente.”
Marcos 6, 45–52
Después de haber saciado a la multitud, Jesús obligó a sus discípulos a subir a la barca y a adelantarse hacia la otra orilla, rumbo a Betsaida, mientras él despedía a la gente.
Después de despedirla, se retiró al monte para orar.
Al anochecer, la barca estaba en medio del lago y Jesús solo en tierra. Viendo que remaban con dificultad, porque el viento les era contrario, cerca de la madrugada fue hacia ellos caminando sobre el agua y quería adelantárseles.
Al verlo caminar sobre el agua, los discípulos pensaron que era un fantasma y se pusieron a gritar, pues todos lo vieron y se llenaron de miedo.
Pero Jesús les habló enseguida y les dijo:
“Ánimo, soy yo, no tengan miedo”.
Subió a la barca con ellos y el viento se calmó.
Ellos estaban completamente desconcertados, pues no habían entendido lo de los panes, ya que su corazón estaba endurecido.
Jesús no despide a la multitud… la alimenta
(Marcos 6, 34–44)
En aquel tiempo, al desembarcar Jesús, vio una gran multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas. Al atardecer, se acercaron sus discípulos y le dijeron: “Este es un lugar solitario y ya es muy tarde. Despide a la gente para que vayan a los campos y poblados cercanos a comprarse algo de comer”.
Él les respondió: “Denles ustedes de comer”.
Ellos le dijeron: “¿Acaso vamos a ir a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?”
Jesús les preguntó: “¿Cuántos panes tienen? Vayan a ver”.
Cuando lo averiguaron, dijeron:
“Cinco panes y dos peces”.
Entonces les mandó que hicieran sentar a la gente en grupos sobre la hierba verde. Se sentaron en grupos de cien y de cincuenta.
Jesús tomó los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los fue dando a sus discípulos para que los distribuyeran; lo mismo hizo con los dos peces.
Jesús no empieza desde el centro… empieza desde la periferia
Mt 4, 12–17.23–25
Cuando Jesús se enteró de que Juan había sido arrestado, se retiró a Galilea. Dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaúm, junto al lago, en territorio de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo que había dicho el profeta Isaías:
“Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí,
camino del mar, al otro lado del Jordán,
Galilea de los paganos.
El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz;
a los que habitaban en tierra de sombras, una luz les brilló.” Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:
“Conviértanse, porque el Reino de los cielos está cerca”. Jesús recorría toda Galilea enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad y dolencia del pueblo. Su fama se extendió por toda Siria, y le llevaban a todos los que padecían enfermedades y dolores, a los poseídos, lunáticos y paralíticos, y él los curaba. Grandes multitudes de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y del otro lado del Jordán lo seguían.
Cuando Dios no está donde esperabas
Mt 2, 1–12
Jesús nació en Belén de Judá, en tiempos del rey Herodes.
Unos magos venidos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: “¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque vimos surgir su estrella y hemos venido a adorarlo”. Al enterarse, el rey Herodes se sobresaltó, y con él toda Jerusalén. Convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del pueblo, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le respondieron: “En Belén de Judá”. Entonces Herodes llamó en secreto a los magos, averiguó el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén diciéndoles: “Vayan a informarse bien sobre el niño, y cuando lo encuentren, avísenme, para que yo también vaya a adorarlo”. Después de oír al rey, los magos se pusieron en camino; y la estrella que habían visto surgir iba delante de ellos, hasta que se detuvo sobre el lugar donde estaba el niño. Al ver de nuevo la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y postrándose lo adoraron. Abrieron sus cofres y le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Advertidos en sueños de que no volvieran a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino.
Juan 1, 29–34
Al día siguiente, Juan vio a Jesús que venía hacia él y exclamó: “Éste es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo. Éste es aquel de quien yo dije: ‘El que viene después de mí, tiene precedencia sobre mí, porque ya existía antes que yo’. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que él sea dado a conocer a Israel”. Entonces Juan dio este testimonio: “Vi al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y posarse sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que baja y se posa el Espíritu Santo, ése es el que ha de bautizar con el Espíritu Santo’. Pues bien, yo lo vi y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios”.
Cuando dejas de fingir ser alguien más, preparas el camino para que Cristo llegue.
Juan 1, 19–28
Este fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas para preguntarle: ¿Tú quién eres? Él confesó y no negó; confesó: Yo no soy el Mesías. Le preguntaron: Entonces, ¿qué? ¿Eres Elías? Él dijo: No lo soy. ¿Eres el Profeta? Respondió: No. Y le dijeron: ¿Quién eres, para que podamos dar respuesta a los que nos enviaron? ¿Qué dices de ti mismo? Él contestó: Yo soy la voz del que clama en el desierto: Enderecen el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías. Los enviados eran fariseos, y le preguntaron: Entonces, ¿por qué bautizas, si no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta? Juan les respondió: Yo bautizo con agua; pero en medio de ustedes hay uno a quien no conocen, el que viene detrás de mí, al que yo no soy digno de desatarle la correa de la sandalia. Esto sucedió en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan bautizaba.
“María no solo vivió el misterio… lo guardó y lo meditó. En un mundo que corre, ella nos enseña el arte de no dejar pasar lo que Dios hace.”
(Lucas 2, 16-21)
En aquel tiempo, los pastores fueron a toda prisa hacia Belén y encontraron a María, a José y al niño, recostado en el pesebre.Después de verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño, y cuantos los oían quedaban maravillados.María, por su parte, guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón.
Los pastores se volvieron a sus campos, alabando y glorificando a Dios por todo cuanto habían visto y oído, según lo que se les había anunciado.
Cumplidos los ocho días, circuncidaron al niño y le pusieron el nombre de Jesús, aquel mismo que había dicho el ángel, antes de que el niño fuera concebido.