
La fidelidad de Dios se fundamenta en su carácter inmutable y soberano. Él es fiel porque no puede negarse a sí mismo, por lo que cumple con absoluta perfección todo lo que ha decretado desde la eternidad. Su fidelidad se manifiesta en la permanencia de su pacto, mediante el cual nos sostiene por su gracia y nos preserva hasta el fin. Su fidelidad no depende de la voluntad humana ni de la fragilidad del hombre, sino de su pacto eterno, en el que Él mismo garantiza la salvación y la preservación de su pueblo.