La fidelidad de Dios se fundamenta en su carácter inmutable y soberano. Él es fiel porque no puede negarse a sí mismo, por lo que cumple con absoluta perfección todo lo que ha decretado desde la eternidad. Su fidelidad se manifiesta en la permanencia de su pacto, mediante el cual nos sostiene por su gracia y nos preserva hasta el fin. Su fidelidad no depende de la voluntad humana ni de la fragilidad del hombre, sino de su pacto eterno, en el que Él mismo garantiza la salvación y la preservación de su pueblo.
La justicia de Dios es la expresión perfecta de su santidad, rectitud y fidelidad. Él juzga con imparcialidad, sin corrupción ni favoritismo, y siempre actúa conforme a la verdad. Su justicia no es solo retributiva, es decir para castigar el pecado, sino también restauradora, ofreciendo redención a través de Cristo. En ella se revela que Dios no pasa por alto el mal, pero tampoco se complace en la condena: su justicia y su misericordia, se muestran en la cruz, el castigo que merecíamos fue llevado por Jesús, para que los creyentes sean justificados por gracia. Así, la justicia divina no solo condena el pecado, sino que glorifica a Dios al salvar pecadores sin comprometer su santidad.
Todo lo que somos y lo que hacemos es por Él y para Él, como hijos de Dios debemos aprender a vivir todos los días de nuestra vida con la mirada firme en nuestro Señor Jesucristo, quien nos salvó y nos transformó en nuevas criaturas para su gloria y honra. Debemos buscar las cosas de arriba y no las de la tierra porque ahora somos suyos, hemos sido reconciliados con Dios y nuestra vida debe estar dedicada para su gloria, alineada a sus preceptos y mandamientos.
Dios es misericordioso y su gran amor no tiene comparación, si nos arrepentimos de nuestros pecados y los confesamos Él es fiel y justo para perdonarnos y limpiarnos de toda maldad, cuando realmente hay arrepentimiento tenemos el deseo sincero de no caer nuevamente y deseamos quitar y limpiar todo aquello que nos lleva al pecado, como hijos de Dios debemos procurar una vida santa, separada para Dios.
Dios nos dejó su palabra en la cual podemos aprender quien es Dios y lo que Él quiere de cada uno de nosotros. En ella podemos ver su amor y fidelidad con seres humanos como tú y como yo, pero que fueron utilizados por Dios de formas inimaginables, si somos hijos de Dios debemos aferrarnos de sus promesas y por fe obedecer lo que Dios quiere de cada uno de nosotros.
Dios venció la batalla en la cruz, al derrotar al pecado y al enemigo, sin embargo, el enemigo quiere que caigamos y por eso nos asecha, pero Dios es quien lucha por nosotros y nos protege, en sus fuerzas somos fuertes y nos ha dejado una armadura para mantenernos firmes.
Dios obra de formas que no podemos entender, Él hace todas las cosas nuevas y nos abre caminos donde no podemos ver, Él puede cambiar las circunstancias de un momento a otro y de la manera perfecta, así que, como sus hijos debemos vivir confiados en su grande amor y en su misericordia para cada uno de nosotros, Él es fiel y su amor va más allá de lo que nos podemos imaginar.
Debemos alabar a Dios por todo lo que Él es, por todo lo que ha hecho en nuestras vidas y por todo lo que va a hacer, por sus promesas para nosotros. Si te detienes un momento y miras lo que Dios ha hecho, lo único que puedes hacer es alabarle.
La misericordia de Dios rompe todos nuestros esquemas, la gracia de Dios sobrepasa nuestro entendimiento y su amor es incomparable, como hijos de Dios debemos aprender a vivir conforme a su palabra, disfrutando de las bendiciones de Dios sin dejar que el pecado se apodere de nuestra vida, sin embargo, si caemos en pecado, estamos llamados al arrepentimiento, a confesarlo delante de Dios y confiar que Él es fiel y justo para perdonarnos de toda maldad. La gracia no es una excusa para el pecado, es una oportunidad para vivir de forma agradable a Dios.
Dios es soberano y tiene un plan perfecto que lo cumplirá, su amor y su fidelidad sobrepasa nuestro entendimiento, Él es quien nos da la fortaleza para poder cumplir con sus propósitos, Él está con nosotros independientemente de las circunstancias o de si lo merecemos, Él nos capacita para ser esos instrumentos en sus manos, pero lo más impresionante es ver su amor reflejado en nuestras vidas en cada paso que damos, Él nos dio salvación por Cristo Jesús, pero también nos dio juntamente con Él una vida en abundancia para su gloria.
Hay momentos en nuestra vida en los cuales debemos detenernos y decidir qué es lo que queremos, queremos servir a Dios con todo lo que somos y vivir para su gloria, o seguir las costumbres e ideales de este mundo, no importan las circunstancias ni las obras de aquellos que nos rodean, como hijos de Dios debemos elegir si serviremos a Dios o los dioses de este mundo.
La Navidad revela la gloria de Dios, el Rey soberano, prometido desde la eternidad, vino al mundo. Los sabios del oriente fueron guiados por la estrella hasta Jesús, siendo esto una muestra de que es Dios mismo quien, conforme a Su propósito eterno, atrae a personas de toda nación para postrarse ante Su Hijo. La Navidad nos recuerda que la salvación no depende de la iniciativa humana, sino de la obra soberana de Dios que revela a Cristo y produce en los corazones redimidos una adoración sincera y gozosa.
La Navidad proclama la fidelidad de Dios en el cumplimiento perfecto de Sus promesas en la obra redentora de Cristo. El nacimiento del Salvador no solo provoca asombro, sino una transformación real: justificación, adopción, adoración y una esperanza viva asegurada por la obra consumada del Cordero sin mancha. La Navidad nos recuerda que Dios cumple todas sus promesas en Cristo.
La Navidad nos recuerda que la gloria de Dios y la paz para los hombres son fruto exclusivo de Su gracia. Todo exalta a Dios, quien en Su bondad eterna decidió reconciliar consigo mismo a un pueblo por medio de Cristo. La Navidad revela la gloria de Dios en la encarnación de Cristo: el Dios soberano, que gobierna sobre todas las cosas, se humilló tomando forma humana para reconciliar consigo a los pecadores.
La Navidad nos recuerda que la iniciativa de la salvación pertenece completamente a Dios. El anuncio a los pastores no fue producto del mérito humano, sino de la gracia soberana del Señor que irrumpe en la oscuridad para revelar a su Hijo. Dios no solo proclamó la buena noticia del nacimiento del Salvador, sino que también guió con claridad a quienes había escogido para recibirla, mostrando que Él mismo dirige eficazmente a los suyos. En la Navidad vemos la gracia irresistible de Dios obrando para traer gozo verdadero y vida eterna a pecadores necesitados.
El nacimiento de Jesús en Belén no fue un accidente histórico, sino el cumplimiento perfecto del decreto eterno de Dios, cada detalle revela la soberanía absoluta del Señor, quien dirige la historia para cumplir Sus promesas. El Mesías, nacido en humildad y en pleno cumplimiento profético, vino como el Cordero sin mancha prometido y como el Rey eterno de la casa de David. La salvación no depende de la grandeza humana, sino de la gracia soberana de Dios. En la Navidad recordamos que el plan eterno de redención comenzó en un lugar pequeño y despreciado, exaltando la gloria de Dios y no la del hombre.
La Navidad nos recuerda que todas las profecías acerca de Cristo se cumplieron en su primera venida, confirmando la absoluta fidelidad de Dios a su Palabra. Nada ocurre fuera de su decreto eterno, y el nacimiento de Jesús es la prueba suprema de que Dios gobierna la historia para su gloria y para nuestra salvación. Nada ocurrió por azar ni por iniciativa humana, sino según el plan eterno de Dios, quien prometió, anunció y ejecutó cada detalle en el tiempo señalado. La Navidad, por tanto, no solo celebra un acontecimiento histórico, sino la fidelidad inquebrantable del Dios que cumplió Su palabra y seguirá cumpliéndola hasta el retorno glorioso de Cristo.
La Navidad revela de manera gloriosa la obra redentora y el poder de Dios que cumple fielmente sus promesas. La Navidad nos muestra la soberanía y fidelidad de Dios al cumplir sus promesas en Cristo. Para Dios nada es imposible, por lo tanto, nosotros al contemplar a Jesús, que es la manifestación del amor inmerecido de Dios hacia pecadores, debemos llenarnos de gozo y vivir para su gloria. La encarnación es la prueba suprema de que la gracia no depende de nuestra justicia, sino de Su voluntad eterna y perfecta. El Espíritu Santo guió cada detalle para preparar el camino del Salvador.
Jesús es Emanuel —“Dios con nosotros”—. El Creador del mundo vino para salvar a su pueblo. La soberanía de Dios es absoluta, y esta se refleja en el cumplimiento de su plan redentor exactamente como lo había prometido. En esta obra se revela la gracia de Dios, quien, por puro amor y conforme a su decreto eterno, envió a su Hijo unigénito para tomar forma humana, habitar entre nosotros y llevar en la cruz el castigo que merecíamos.
El anuncio del nacimiento de Cristo a María revela que es la obra soberana de Dios, quien prepara los corazones y dispone todas las circunstancias para cumplir Su propósito redentor. La fe obediente no nace del ser humano, sino de la gracia divina que nos capacita para someternos a la voluntad del Señor y participar en el cumplimiento de sus promesas. En la Navidad celebramos que esa misma gracia que obró en ella ahora obra en nosotros, guiándonos a confiar y obedecer al Rey que vino a salvar a Su pueblo.