Hoy vamos a sumergirnos en una obra que, a pesar de su enorme calidad musical y teatral, no aparece tanto como debería en las programaciones actuales. Una joya del humor, la ironía y la crítica amable: El rey que rabió, de Ruperto Chapí, estrenada en 1891.
Se trata de una zarzuela deliciosa, inteligente, llena de chispa, y que además nos permite conocer una faceta muy especial de Chapí: la del compositor cómico que sabe retratar, con mucha elegancia, las luces y sombras de la sociedad de su tiempo. Una obra que entretiene, pero que, si uno se fija, también dice muchas cosas sobre el poder, el pueblo y la distancia entre gobernantes y gobernados.
Ruperto Chapí nació en Villena, en 1851, y desde muy pequeño estuvo rodeado de música. Su infancia transcurrió entre bandas de pueblo, desfiles y pequeñas orquestas, donde aprendió de oído antes incluso de poner los pies en un conservatorio. A los nueve años ya tocaba el cornetín en la banda local; a los catorce estaba componiendo pequeñas piezas; y poco después decidió dar el salto a Madrid para formarse profesionalmente.
En la capital ingresó en el Conservatorio, donde tuvo como maestros a algunos de los grandes nombres del momento. Allí destacó enseguida por su energía creativa, su facilidad melódica y su instinto teatral. Más tarde obtuvo una pensión para estudiar en Roma, donde completó su formación con un ambiente musical más cosmopolita. Italia reforzó en él el gusto por la ópera, por el lirismo amplio y por la orquestación cuidadosa, elementos que luego incorporaría a su estilo zarzuelístico.
Chapí fue un compositor extraordinariamente prolífico: zarzuelas, óperas, música sinfónica, obras de cámara… pero sobre todo fue una figura esencial para dignificar la profesión artística en España. En 1893 fundó, junto a otros autores, la Sociedad de Autores Españoles, germen de la actual SGAE, con el fin de proteger los derechos de los creadores.
Dentro de su obra se suele hablar del “Chapí serio” —autor de partituras sinfónicas y zarzuelas grandes como Curro Vargas o La tempestad—, y del “Chapí cómico”, el que maneja con maestría el ritmo escénico, la caricatura amable y la crítica social. El rey que rabió pertenece a este segundo grupo, pero es importante subrayar que el humor de Chapí está sostenido por una música de enorme calidad, perfectamente elaborada y con una orquestación muy rica.
Chapí murió joven, con apenas 53 años, en 1909, pero dejó un legado inmenso y sigue siendo una de las figuras imprescindibles del teatro lírico español.
Para comprender El rey que rabió, conviene situarnos en la España de la Restauración, una época de monarquía constitucional en la que existía cierta estabilidad institucional, pero también una vida política muy controlada y a menudo desconectada de los problemas reales de la población. Ese ambiente dio pie a muchos autores a introducir críticas suaves, envueltas en humor, que el público comprendía perfectamente, aunque los censores fingieran no ver.
La idea del monarca que decide disfrazarse para conocer cómo vive su pueblo no es nueva: aparece en cuentos populares, en comedias europeas del XVIII y XIX, e incluso en óperas. Es un recurso teatral muy eficaz porque permite contrastar idealismo y realidad, poder y calle, y extraer de ello lecturas sociales.
Chapí compone esta zarzuela sobre libreto de Ramos Carrión y Vital Aza, dos de los mejores humoristas y libretistas del momento. El estreno tuvo lugar el 20 de abril de 1891 en el Teatro de la Zarzuela de Madrid, con enorme éxito. La música se alabó por su frescura y brillantez, y el libreto por su comicidad elegante y su crítica política disimulada.
La obra se inscribe dentro de la tradición de la zarzuela grande, con tres actos, números musicales amplios y un reparto extenso. Sin embargo, tiene un dinamismo casi de opereta, y una teatralidad que la hace especialmente divertida.
Aunque no sea de las zarzuelas más representadas hoy en día, El rey que rabió es conside
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