Jesús no necesita nada de nosotros, pero quiere todo de nosotros.
Jesús no busca admiradores que sepan cosas sobre Él; busca seguidores que lo conozcan íntimamente. Él quiere que experimentemos Su amor, Su paz, Su dirección en nuestras vidas diarias.
A veces Dios nos llama a caminar sin tener todas las respuestas.
Los magos representan corazones que buscan genuinamente adorar, mientras que Herodes simboliza aquellos que usan la religion para sus propios fines. La diferencia no estaba en sus circunstancias externas, sino en las intenciones de sus corazones. ¿Cuál rey eres tú?
Nuestras motivaciones importan más de lo que pensamos. Dios no se deja engañar por apariencias externas; Él ve directamente al corazón.
En esta temporada navideña, mientras recordamos su nacimiento, también celebramos su obra continua en nuestras vidas.
La humildad de Cristo demostrado en su nacimiento nos enseña que Dios puede obrar milagros en las circunstancias más imposibles.
Dios escoge revelar sus verdades más profundas a corazones humildes y dispuestos. Los pastores, acostumbrados a cuidar corderos para el sacrificio, fueron los primeros en reconocer al Cordero de Dios.
Cuando Juan el Bautista vio a Jesús acercándose, no gritó "¡Ahí viene el Rey!" o "¡Ahí viene el Maestro!". En cambio, proclamó: "He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo." Esta declaración conectaba siglos de sacrificios en el templo con la realidad de que todos esos corderos apuntaban a Cristo.
La Navidad nos recuerda que Dios siempre cumple sus promesas.
La paz que Cristo ofrece está disponible para ti hoy, pero debe ser recibida personalmente. No es suficiente conocer intelectualmente sobre el sacrificio de Cristo; debes depositar tu fe completamente en Él como tu único y personal Salvador.
Durante esta temporada navideña recordamos que Jesús, siendo Dios mismo, se hizo hombre y nació en un humilde pesebre. Pero Su nacimiento fue solo el comienzo de un plan de rescate que culminaría en la cruz. Allí, Jesús ofreció el intercambio más maravilloso de la historia: Su justicia perfecta por nuestro pecado.
Cuando entendemos que todos somos culpables ante Dios, debemos enfrentar una realidad sobria: nuestro pecado tiene consecuencias eternas.
Es difícil admitirlo, pero todos tenemos un problema fundamental que nos separa de la paz verdadera. Quizás te consideras una buena persona - ayudas a otros, tratas de hacer lo correcto, no has cometido crímenes graves. Pero la realidad bíblica es que todos hemos fallado ante los ojos de Dios.
La paz verdadera trasciende todas las circunstancias. Esta no es una paz fabricada por el optimismo humano, sino una paz profunda que viene de una fuente eterna.
Sabiendo que Cristo regresará, vivimos con propósito eterno. Nuestras decisiones, relaciones y prioridades se ven influenciadas por la realidad de su segunda venida.
El tercer día, Jesús resucitó por el poder del Espíritu Santo. La tumba no pudo contenerlo, la muerte no pudo vencerlo. Hoy, Él vive y reina, y su victoria se convierte en nuestra victoria a través de la salvación. Esta victoria no es solo una promesa futura; es una realidad presente.
La sangre de Cristo sigue siendo la única manera de limpiar nuestros pecados. Su sacrificio no fue un evento histórico distante, sino la base de nuestra relación con Dios hoy.
Cristo te ama a ti específicamente, conoce tu nombre, tus luchas, tus sueños. ¿Cómo puedes responder al amor de Cristo de manera más profunda en tu vida diaria, más allá de los momentos de adoración?
Cuando entendemos el amor de Cristo por nosotros, obedecer sus mandatos se convierte en un privilegio, no en una obligación. Hoy, reflexiona sobre cómo puedes preparar tu corazón para responder a su invitación con gozo y reverencia.