Bienvenidos a Misterios Ocultos. Soy Alejandro Luna. Esta noche el misterio no viene armado, ni se esconde en un callejón: irrumpe a plena luz, al ritmo imposible de unos pies que no saben detenerse. Viajamos a Estrasburgo, verano de 1518, cuando una ciudad entera comenzó a bailar hacia el borde de lo comprensible.
Imagina las calles estrechas junto al Rin: casas de entramado, hornos de pan encendidos, el metal de los campanarios templando la mañana. El calor cae como una manta húmeda. En una esquina, una mujer —Frau Troffea, dirán— avanza sin música, sin pareja, con una determinación que no cabe en el cuerpo. Al principio parece un capricho, una excentricidad de mercado. Pero no se detiene. Baila hasta que la tarde se rompe en rojo. Baila hasta que la noche llega y la noche no la consuela. Al amanecer, sigue allí, con la mirada vuelta hacia dentro, como si obedeciera a un tambor que nadie más oye.
En pocos días, otros se suman. Uno, tres, veinte, decenas. Zapatos que se desgastan, tobillos hinchados, labios resecos. Alguien cae, alguien vuelve a levantarse con la rigidez de un sonámbulo. Los vecinos les ofrecen agua, sombra, plegarias. Nada funciona. El rumor crece: hay una danza que se contagia como fiebre.
Las autoridades no tienen manual para esto. Se escriben edictos apresurados. Un concejo convoca a músicos, levanta tarimas, abre plazas. Si el mal es un impulso, piensan, quizá haya que concederle salida: tambores, flautas, gaitas, una coreografía forzada para sofocar otra más brava. Los cronistas hablan de cientos, de una marea de cuerpos marcando el ritmo con la planta y el dolor, de calzas rotas y manos en carne viva aplaudiendo el aire. Se colocan guardas para evitar choques, se improvisan capillas portátiles, los frailes bendicen sudores.
No a todos les convence la música. La Iglesia local, fiel a la memoria de una Europa que reconoce en lo inexplicable la mano de lo sagrado o lo terrible, pronuncia un nombre: San Vito. La “corea”, mal que lleva su marca, es penitencia o castigo. Se organiza una procesión: a los danzantes se les calzan zapatos especiales, cintas, reliquias; se les conduce a un santuario fuera de la ciudad para pedir alivio. Lloran, suplican, danzan en el polvo entre velas.
La ciudad soporta semanas de un son que no quiere terminar. Hay registros de desmayos, de exhaustos arrastrados como troncos a los umbrales, de muertes sin estridencia, con el corazón rendido. Luego, poco a poco, el oleaje afloja. El silencio no vuelve de golpe: se posa. Las tiendas reabren, el pan vuelve al horno, y lo que queda son marcas en el suelo, notas al margen de actas municipales y el recuerdo inquieto de una música sin músicos.
Qué sucedió, nos preguntamos cinco siglos después. Las teorías han danzado también, girando sin tocarse. Una apunta al cornezuelo del centeno: un hongo que envenena el pan con alcaloides capaces de provocar espasmos, visiones, una especie de trance en llamas. Pero el cornezuelo —dicen otros— suele llevar consigo la gangrena y la muerte violenta, no una coreografía colectiva que dura semanas y se propaga por plazas y rúas. Otra explicación habla de una histeria de masas —hoy diríamos un trastorno psicógeno colectivo— en tiempos de hambre, peste y miedo. Estrasburgo arrastraba malas cosechas, tributos pesados, presagios bíblicos. El cuerpo, asediado por ansiedades que no encuentra cómo pronunciar, quizá eligió hablar con los pies.
Hay quien sitúa la raíz en la fe misma: la devoción a San Vito había prendido fuerte en la región; se temía su cólera, se honraban sus milagros. Un relato compartido, repetido en púlpitos y plazas, puede ser una partitura invisible: basta una persona para iniciar la melodía; las demás, sumidas en el mismo clima espiritual, siguen el compás sin saber por qué. También se han propuesto venenos del agua, calor extremo, microepidemias neurológicas, incluso coreografías penitenciales que se nos...
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