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Palabras de consuelo para mi iglesia en refugio
SHEMA Podcasts
70 episodes
16 hours ago
Podcast dedicado a la meditación de la Palabra de Dios, con pequeñas lecturas y reflexiones para dar ánimo a la iglesia de Cristo. Autor: Nicolas Velasco
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Religion & Spirituality
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Podcast dedicado a la meditación de la Palabra de Dios, con pequeñas lecturas y reflexiones para dar ánimo a la iglesia de Cristo. Autor: Nicolas Velasco
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Palabras de consuelo para mi iglesia en refugio
EL EFOD Y SUS HOMBRERAS

“Y pondrás las dos piedras sobre las hombreras del efod, para piedras memoriales a los hijos de Israel; y Aarón llevará los nombres de ellos delante de Jehová sobre sus dos hombros por memorial”
Éxodo 28.12

Con respecto a las vestiduras doradas que caracterizaban al Sumo Sacerdote, hemos hablado ya acerca de dos de ellas: La mitra con la placa dorada frontal que llevaba la inscripción “SANTIDAD A JEHOVÁ”, y el manto azul con sus granadas y campanillas.

Y así es como, siguiendo nuestra travesía anatómica de las vestiduras sacerdotales de adentro hacia afuera, hemos llegado finalmente a la vestidura mas externa: El Efod. Esta hermosa prenda, consistía en una especie de chaleco que descendía a modo de delantal, el cual era vestido sobre el manto azul, sujeto con firmeza al cuerpo por medio del cinto que de él se desprendía, y acerca del cual ya hablamos en una anterior oportunidad. 

“Y harán el efod de oro, azul, púrpura, carmesí y lino torcido, de obra primorosa” (Éxodo 28. 6). Al oír esto, no hace falta que te intente describir lo hermosa que debió haber sido esta prenda que investía de honra y belleza al Sumo Sacerdote, por lo que no me centraré tanto en ella, sino que hoy tan solo me enfocaré en uno de sus detalles, en sus hombreras, pues había mandado Dios acerca de ellas, diciendo: “Y tomarás dos piedras de ónice, y grabarás en ellas los nombres de los hijos de Israel; seis de sus nombres en una piedra, y los otros seis nombres en la otra piedra, conforme al orden de nacimiento de ellos” (Éxodo 28. 9-10).

Así pues, Aarón debía llevar sobre sus hombros los nombres de las tribus de Israel, en todo tiempo en que ministrara, pues de este modo él estaría actuando en representación del pueblo entero de Dios, de cada uno, por nombre, llevándolos grabados de manera indeleble en piedra valiosa sobre sí. Pero aún hay algo más, pues en aquel contexto, al igual que muchas veces en el nuestro, los hombros eran símbolo de fuerza y poder.

Por tanto, ya podrás imaginar hacia donde nos guía todo esto ¿Verdad?

Aarón, el Sumo Sacerdote, con aquellas piedras con los nombres del pueblo de Dios inscritos sobre sus hombros, apuntaban, exactamente a nuestro gran Sumo Sacerdote, a Jesucristo, quien llevó en hombros los nombres de cada uno de sus amados, representándolos en aquella gloriosa obra expiatoria de la cruz, donde toda la eterna ira del Padre fue vertida sobre él, para comprar con ello salvación y Vida Eterna para todos aquellos a quienes representaba, esto es, a aquellos que creyeron, creen y creerán en Su bendito Nombre.

Y es que ni aún la muerte pudo retenerlo, por lo cual al tercer día, dejando la tumba vacía ascendió a los cielos en victoria oyéndose una voz que decía jubilosa “Alzad, oh puertas, vuestras cabezas, y alzaos vosotras, puertas eternas, y entrará el Rey de Gloria ¿Quién es este Rey de Gloria? Jehová el fuerte y valiente, Jehová el poderoso en batalla” (Salmos 24. 7-8), voz que será seguida por millones de millones de las voces de sus redimidos que eternamente clamarán con alegría, diciendo: “El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza. Y a todo lo creado que está en el cielo, y sobre la tierra, y debajo de la tierra, y en el mar, y a todas las cosas que en ellos hay, oí decir: Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 5. 12-13). 

¿Conoces acaso a este Rey de Gloria? ¿Crees hoy en Su bendito Nombre? Porque si sí es así, considera por favor este maravilloso mensaje al que apuntaban las piedras de ónice sobre los hombros de Aarón, pues de un modo más perfecto, tu nombre ¡Sí, el tuyo! estaba, está y estará escrito perpetuamente sobre los hombros de tu victorioso, fuerte y poderoso Jesucristo.

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5 years ago
5 minutes 13 seconds

Palabras de consuelo para mi iglesia en refugio
EL MANTO, LAS GRANADAS Y LAS CAMPANILLAS

“Harás el manto del efod todo de azul; y en medio de él por arriba habrá una abertura, la cual tendrá un borde alrededor de obra tejida, como el cuello de un coselete, para que no se rompa. Y en sus orlas harás granadas de azul, púrpura y carmesí alrededor, y entre ellas campanillas de oro alrededor”
Éxodo 28. 31-33

En la pasada oportunidad hablamos acerca de la Mitra con la placa dorada frontal; elementos con los cuales iniciamos nuestra descripción anatómica de las prendas doradas que eran para uso exclusivo del Sumo Sacerdote, Aarón. Así pues, hoy hablaremos de una segunda prenda dorada: El Manto azul.

Este manto celeste consistía en una especie de toga que se vestía por encima de la túnica, pero que, al no ser tan larga como ésta, dejaba al descubierto alguna parte del extremo más bajo de la túnica. El manto, al igual que la túnica, iba tejido en una sola pieza, sin costuras, contando, al nivel del dobladillo inferior con dos tipos de adornos: Las granadas (azul, púrpura y carmesí) y las campanillas de oro, las cuales, dispuestas de manera intercalada, producían un tintineo constante con cada paso dado por el Sumo Sacerdote mientras ministraba, pues el Señor había mandado diciendo: “Y estará sobre Aarón cuando ministre; y se oirá su sonido cuando él entre en el santuario delante de Jehová y cuando salga, para que no muera” (Éxodo 28. 35).

Así pues, si hubieras sido un israelita de aquel tiempo, habrías podido escuchar, aquel tintineo proveniente del tabernáculo producido por esas campanillas doradas de Aarón, rodeadas por las granadas que simbolizaban la abundancia, y habrías tenido entonces la seguridad y tranquilidad, que desde allí, desde la misma presencia de Dios que representaba el tabernáculo, había alguien, intercediendo día tras día por causa de tus pecados delante del Señor. 

Hoy, por supuesto, no contamos, ni necesitamos, de aquellas campanillas y granadas que representaban la abundancia y la intercesión en los pies de Aarón, pues en Cristo, nuestro gran Sumo Sacerdote, tenemos el cumplimiento perfecto de ambos símbolos, pues con Su gloriosa victoria, no solo nos ha concedido por medio de la fe en Su Nombre, Vida abundante y fruto espiritual constante, sino que además podemos decir con toda confianza: “¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros” (Romanos 8. 34)

Ahora, en tu transitar por esta vida, ya no requieres oír el tintineo para saber que hay alguien en la presencia de Dios intercediendo por ti, porque ahora por medio de la cruz puedes estar completamente seguro de que así es contigo, pues en los cielos, a la diestra del Padre, está tu Salvador, mediando por ti, por ti mismo, por nombre. Por lo cual, dice el Apóstol Juan en el contexto de su llamado a la obediencia a todos aquellos que confiesan creer en Cristo: “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo” (1 Juan 2.1). Piensa hermano, hermana, piensa en la alegría y descanso que debe traer a tu corazón el saber que “ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Romanos 8. 1).

Por tanto, ya no necesitamos oír ese tintineo imperfecto y simbólico, pues así como Aarón, “los otros sacerdotes llegaron a ser muchos, debido a que por la muerte no podían continuar; mas Cristo, por cuanto permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable; por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos.” (Hebreos 7. 23-25).

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5 years ago
5 minutes 17 seconds

Palabras de consuelo para mi iglesia en refugio
LA MITRA, LAS TIARAS Y LA PLACA DORADA

“Harás además una lámina de oro fino, y grabarás en ella como grabadura de sello, SANTIDAD A JEHOVÁ. Y la pondrás con un cordón de azul, y estará sobre la mitra; por la parte delantera de la mitra estará”
Éxodo 28. 36-37

Hemos hablado ya acerca de los pantalones, la túnica y el cinto de lino fino, acercándonos así, poco a poco, al final de nuestra descripción anatómica de las vestiduras blancas, llegando hoy el turno a la cuarta prenda: La Mitra o Tiara.

Estos artículos, consistentes ambos en turbantes de lino fino confeccionados y adornados de acuerdo a lo que Dios había mandado, tenían como propósito, al igual que el resto de vestiduras blancas, el de coronar de "honra y hermosura" a los levitas, denominándose Mitra al turbante usado por el Sumo Sacerdote, y Tiara a aquel usado por los sacerdotes comunes. 

Estos turbantes, simbolizaban la sumisión de los levitas a Dios, recordándonos con ello a aquel gran Sumo Sacerdote nuestro, quien postrado en el Getsemaní, ya en proximidad a la traición de Judas, oró al Padre, diciendo: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú.” (Mateo 26. 39); palabras con las cuales Cristo, según lo estipulado desde la eternidad pasada, expresó su absoluta y voluntaria sumisión al Padre, aceptando beber la copa de la ira Divina, para que nosotros, creyentes en Su Nombre, pudiéramos beber la eterna copa de bondad, misericordia y gracia del Padre.

Pero hay un detalle más con respecto a la Mitra del sumo sacerdote, el cual nos servirá de bisagra para empezar a hablar, de aquí en adelante, acerca de las vestiduras doradas que eran de uso exclusivo por Aarón. Este hermoso detalle consistía en que, de aquella Mitra de lino, se desprendía un cordón azul que sostenía en la frente del Sumo Sacerdote una placa de oro puro, en cuya superficie tenía grabada la frase: “SANTIDAD A JEHOVÁ”.

Así pues, Aarón como Sumo Sacerdote imperfecto, debía llevar cerca de su mente, y ante la vista de todos, esta frase grabada en oro, como un recuerdo para él, y para todos los demás de que sin santidad “nadie verá al Señor” (Hebreos 12. 14), cosa que por cierto, ninguno de nosotros es capaz de cumplir, pues todos nos mezclamos con el pecado diariamente, una y otra vez, bien sea obrando mal, o negándonos a hacer el bien que pudimos haber hecho, o simplemente pecando en nuestra mente y corazón, cosas por las cuales, de no ser por la fe en la obra de Cristo a nuestro favor, ninguno estaría habilitado para encontrarse con Dios en Su Santo Reino.

Por tanto, mientras esta Mitra o Tiara debe recordarnos la completa sumisión que debemos a nuestro Dios bajo la consciencia de que Él está sobre nosotros siempre; la placa dorada grabada en nuestra mente debe recordarnos la santidad y pureza que Cristo ganó por nosotros, pues únicamente por medio de Su cruz es que podemos ser hechos santos en santificación, concediéndonos esta plena confianza de saber que día tras día él nos estará limpiando, y que una vez despertemos a la eternidad, Dios mismo nos verá a través de esa placa dorada y perfeccionada, que es Cristo, y allí, leyendo en nosotros: “SANTIDAD A JEHOVÁ” con gloriosa y conmovedora voz dirá: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor” (Mateo 25. 23)

¿Puedes acaso imaginar aquella maravilla? ¿Recibir la alabanza de tu propio Creador mientras te abre las puertas a lo Sublime y Eterno de Su preciosa Gloria? Nos resulta aun imposible imaginarlo ¡Cuán preciosa es nuestra Gloria en Cristo, infinitamente mas valiosa que el oro! Bienaventurados son “los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios” (Mateo 5. 8).

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5 years ago
5 minutes 8 seconds

Palabras de consuelo para mi iglesia en refugio
EL CINTO RECAMADO

“Y bordarás una túnica de lino, y harás una mitra de lino; harás también un cinto de obra de recamador”
Éxodo 28. 39

Hemos hablado anteriormente acerca de dos de los cuatro elementos que constituían las vestiduras blancas de los levitas: Los pantalones y la túnica blanca de lino fino. Así que hoy hablaremos de un tercer elemento: El cinto de lino torcido. 

Este cinto, que en el caso de los levitas comunes debía ir directamente envuelto por encima de la túnica blanca a manera de cinturón, en el caso de Aarón debía ir por encima del efod (hermoso delantal externo acerca del cual hablaré mas adelante), ya que el Sumo Sacerdote además de las vestiduras blancas, debía portar también sobre ellas a las denominadas “prendas doradas”.

“Y el cinto del efod que estaba sobre él era de lo mismo, de igual labor; de oro, azul, púrpura, carmesí y lino torcido, como Jehová lo había mandado a Moisés.” (Éxodo 39. 5). Así pues, se trataba de un cinturón hermoso, completamente lleno de detalles artísticos que cooperaban con aquel propósito Divino de adornar a los levitas de “honra y hermosura”.

Pero hay aun algunos detalles adicionales que podríamos discutir acerca del simbolismo propio de los cinturones ceñidos en aquella época, pues, por lo común, quienes vestían cintos eran aquellos que servían, siendo imposible que aquello no nos evoque a nuestro Cristo como siervo, quien tan solo, a modo de ejemplo sabiendo _“que el Padre le había dado todas las cosas en las manos, y que había salido de Dios, y a Dios iba, se levantó de la cena, y se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó. Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido” (Juan 13. 3-5), lo cual resultó algo escandaloso a los ojos de los discípulos, quienes no podían comprender como el Mesías, Dios hecho hombre, se encontraría postrado realizando un trabajo que solo le correspondía en aquel momento realizar a los esclavos de mas bajo nivel. 

Mas allí estaba el Señor y Maestro, adoptando aquella posición de Siervo sufriente, dispuesto a entregar Su vida en rescate por sus amados, dejándonos ejemplo de Su obra, diciendo: “Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros” (Juan 13. 14-15), permitiéndonos entender así nuestro vital llamado al servicio cristiano y sacrificial, no específicamente en el lavado de los pies, sino en cada esfera de nuestra existencia, así en el físico, como en el espiritual. “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.” (Filipenses 2. 5-8).

Por tanto ¡Oh cristiano! Asegura a tu cuerpo aquella vestidura santa por medio de este cinto, no con aquel cinto físico e imperfecto del antiguo testamento, sino con este renovado cinturón espiritual, viviendo nuestras vidas “ceñidos con el cinturón de la verdad” (Efesios 6. 14), para que de este modo podamos combatir y servir a Dios sin estorbo, en esta solemne guerra espiritual sobre la tierra cuyo propósito consiste en derrotar al enemigo ya vencido por Cristo, con el fin de liberar a tantas almas cautivas para con ello conducirlas a aquella Ciudad de Dios, hermosa, celestial, victoriosa y eterna.

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5 years ago
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Palabras de consuelo para mi iglesia en refugio
LA TÚNICA DE LINO FINO

“Cuando los soldados hubieron crucificado a Jesús, tomaron sus vestidos, e hicieron cuatro partes, una para cada soldado. Tomaron también su túnica, la cual era sin costura, de un solo tejido de arriba abajo.”
Juan 19. 23

Como vimos en la anterior oportunidad, Dios había mandado por intermedio de Moisés, que expertos confeccionistas elaboraran para los levitas, una serie de prendas consagradas, dentro de las cuales hablamos de un grupo básico, denominadas “vestiduras blancas”, de las que hacían parte: La túnica, los pantalones, el turbante y el cinto; elementos que debían ser usados por todos los levitas. Y así fue como en la pasada entrega nos detuvimos a analizar el simbolismo de los pantalones, o calzoncillos de lino torcido, que representaban la pureza y el decoro que los levitas debían guardar en su aproximación al Señor.

Pero hoy, siguiendo entonces nuestra travesía anatómica en orden de adentro hacia afuera, hablaremos de otra de aquellas prendas: La túnica de lino fino.

Estas túnicas, con frecuencia tejidas en una sola pieza, sin costuras desde el cuello hasta los pies, eran una verdadera obra artística, fabricadas por personas especialmente dotadas por Dios para adornar con ellas de “honra y hermosura” los cuerpos de los levitas; mismos atributos que vistieron a nuestro Señor, de quien nos cuentan las Escrituras que: “Cuando los soldados hubieron crucificado a Jesús (…) Tomaron también su túnica, la cual era sin costura, de un solo tejido de arriba abajo. Entonces dijeron entre sí: No la partamos, sino echemos suertes sobre ella, a ver de quién será” (Juan 19. 23-24); cruel sorteo que nos permite evidenciar al menos dos cosas.

La primera, es que Dios, en relación al cumplimiento de su propia Palabra, tiene el más fino cuidado de guardar cada detalle, pues ya en el Salmo 22, casi 1000 años antes de la cruz, David había profetizado, diciendo: “Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes” (Salmos 22. 18). Bien habrían los soldados haber podido rasgar y desechar aquella ropa, que para aquel momento ya estaría deteriorada por causa del transporte a hombros de la cruz, y manchada por la sangre proveniente de los latigazos en el cuerpo de Cristo; pero aquí vemos como Dios es capaz de usar, incluso a sus enemigos, en el cumplimiento cabal de Sus promesas.

Pero lo segundo que podemos observar, es que, aquellos mismos atuendos que para los levitas fueron símbolo de “honra y hermosura”, al Hijo de Dios le fueron despojados mientras colgaba en la cruenta cruz, alcanzando a los ojos de los hombres más valor su túnica deteriorada y manchada, que Su propia Divina persona.

De esta manera, podemos ver en esta túnica de lino fino la honra y hermosura de las cuales el Señor mismo aceptó desde la eternidad pasada ser desprovisto, para cumplir en sí mismo la profecía de aquel Cordero que vendría a salvar a muchos de la condenación eterna, lavando los ropajes de Su pueblo amado por medio de Su sangre, para vestirlos así de Su incorruptible honra y hermosura, dándoles con ello entrada a hacer parte de esa gran multitud celestial “la cual nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero, vestidos de ropas blancas” (Apocalipsis 7. 9) sirviéndole de día y de noche, totalmente ajenos de toda hambre y sed “porque el Cordero que está en medio del trono los pastoreará, y los guiará a fuentes de agua de vida; y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos” (Apocalipsis 7. 17).

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5 years ago
4 minutes 47 seconds

Palabras de consuelo para mi iglesia en refugio
LAS VESTIDURAS Y LOS PANTALONES DE LINO

”Y para los hijos de Aarón harás túnicas; también les harás cintos, y les harás tiaras para honra y hermosura”
Éxodo 28. 40

Habiendo terminado de acompañar a nuestro levita a lo largo de su paso por el Tabernáculo, empezaremos hoy una nueva travesía, esta vez viajando a lo largo de un nuevo conjunto de detalles, que, aunque en aquel momento contaban ya con un precioso significado, hoy resultan para nosotros aun mas vivos que nunca, en vista de que tenemos en nuestras manos la Revelación completa de Dios para poder entenderlos. Así pues, daremos hoy comienzo al maravilloso estudio de la Anatomía de las vestiduras sacerdotales.

Dios había mandado por boca de Moisés, ordenar a expertos confeccionistas, diciendo: “Las vestiduras que harán son estas: El pectoral, el efod, el manto, la túnica bordada, la mitra y el cinturón. Hagan, pues, las vestiduras sagradas para Aarón tu hermano, y para sus hijos, para que sean mis sacerdotes” (Éxodo 28. 4). En este punto, es importante aclarar que aun cuando todos los levitas debían hacer uso de las vestiduras blancas (de las cuales hacían parte la túnica, los pantalones, el turbante y el cinto), el uso adicional de todos los demás elementos, a los que en conjunto se les denominó “prendas doradas”, eran de uso exclusivo del Sumo Sacerdote, quien debía portarlas todos los días de su ministerio anual, con excepción del día de la Expiación, pues en aquel día consagrado, Aarón solo debía portar las vestiduras blancas. 

Para efectos de orden, intentaremos pues, conducir nuestra travesía anatómica desde la prenda mas interna hasta la mas externa, debiendo comenzar entonces por los pantalones o calzoncillos de lino, sobre los cuales había mandado Dios, diciendo: “Y les harás calzoncillos de lino para cubrir su desnudez; serán desde los lomos hasta los muslos. Estarán sobre Aarón y sobre sus hijos cuando entren en el tabernáculo de reunión, o cuando se acerquen al altar para servir en el santuario, para que no lleven pecado y mueran. Es estatuto perpetuo para él, y para su descendencia después de él” (Éxodo 28. 42-43).

Estos pantalones, como vemos, consecuencia de la caída de Adán en pecado (Génesis 3. 7), simbolizaban ahora la pureza y la modestia delante de Dios, así como también la gracia y la misericordia Divina, lo cual debe conducirnos a reflexionar en al menos dos cosas. 

Lo primero, es que, aun cuando nuestra razón nos diga lo contrario, al Señor si le importa el valor moral de la ropa que vestimos delante de él y delante del mundo,  

evocando un claro mensaje tanto para las mujeres, diciendo: “que las mujeres se atavíen de ropa decorosa, con pudor y modestia; no con peinado ostentoso, ni oro, ni perlas, ni vestidos costosos, sino con buenas obras, como corresponde a mujeres que profesan piedad” (1 Timoteo 2. 9-10); como también para los varones, diciendo: “No vestirá la mujer traje de hombre, ni el hombre vestirá ropa de mujer; porque abominación es a Jehová tu Dios cualquiera que esto hace” (Deuteronomio 22. 5), pues, aunque el mundo quiera imponer y legalizar lo opuesto, lo cierto es que Dios no ha cambiado, ni cambiará, Su Ley con respecto a al modo en que hombres y mujeres debemos vestir delante de Él. 

Pero en segundo lugar, y aun más importante, debemos recordar, que aun cuando Dios diseñó estos vestidos en misericordia para Aarón y los levitas; Cristo, el gran Sumo Sacerdote fue despojado de sus ropas, según la cruel costumbre romana, siendo burlado y torturado hasta lo sumo, a lo cual él se entregó voluntariamente como reo de muerte, porque teniendo sus ojos puestos en la victoria, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la cruz para salvar con ello eternamente a todas aquellas almas perdidas que confían enteramente en Su Nombre.

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5 years ago
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Palabras de consuelo para mi iglesia en refugio
EL TABERNÁCULO Y LA NAVIDAD

“Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón”
Lucas 2. 7

En nuestra reflexión anterior, finalizamos lo que sería nuestra travesía de Aarón y los levitas a través del tabernáculo de reunión, pasando, de afuera hacia adentro, en primer instancia por el atrio o patio externo, donde encontraríamos en su orden el altar de los sacrificios que simbolizaba el justo juicio, seguido por el lavatorio que simbolizaba la pureza, siendo necesario luego cruzar el primer velo para abrirnos paso hacia el lugar santo, donde hallaríamos tres muebles: La mesa de los panes de la proposición que simbolizaban la continua provisión y cuidado físico de Dios; el candelero dorado que representaba la luz de la revelación de Dios; y un tercer mueble, el altar de incienso, localizado ya en lo profundo del lugar santo, muy cerca del segundo velo, y que simbolizaba las oraciones de los santos.

Y así fue como terminamos bajo los ojos de Aarón, Sumo Sacerdote, cruzando el segundo velo para acceder al lugar santísimo en el día anual de la Expiación, en donde encontraríamos el arca del pacto en cuyo interior se alojaban tres elementos: Las tablas de la Ley, que nos recuerdan la Ley que día a día quebrantamos y cuyo propósito no es el de salvarnos sino el de guiarnos a buscar con urgencia a un Salvador; un segundo elemento consistente en la vara de Aarón que reverdeció, y que simbolizaba la realidad de que Dios eligió soberana y exclusivamente a Cristo como ese gran y único Sumo Sacerdote que puede ser nuestro Vicario y Salvador; y un tercer elemento en la forma de un recipiente dorado conteniendo una muestra del maná, el cual simboliza el cuidado espiritual constante de Dios hacia Su pueblo.

Todo esto componía, de manera muy resumida, el tabernáculo de reunión, entendiendo por la palabra tabernáculo, a la morada misma de Dios entre los hombres. Este tabernáculo, según vimos lleno de significado y simbolismo, buscaba hacer entender al pueblo, por medio de sus sentidos, que Dios estaba presente en medio de ellos, habitando, y acompañándolos fiel y amorosamente a lo largo de toda Su travesía hacia la Tierra Prometida, proveyéndoles de todo lo necesario para que esa promesa Divina se hiciera realidad de principio a fin. 

Pero al igual que cada uno de sus componentes, el tabernáculo o morada de Dios eran tan solo sombra del verdadero tabernáculo que vendría en el momento señalado, pues así lo había anunciado el profeta Isaías diciendo: “Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel.” (Isaías 7. 14), nombre “que traducido es: Dios con nosotros” (Mateo 1. 23). Jesucristo es entonces aquel Emanuel prometido, Dios hecho hombre, el cual tabernaculizó o “habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Juan 1. 14).

Por tanto, ya no necesitamos de un tabernáculo material y simbólico, pues en Cristo ya tenemos al tabernáculo verdadero, cumplido y materializado, morando eternamente con nosotros por medio de su Santo Espíritu cuyo templo es nuestro cuerpo y corazón regenerado, pues para nuestro eterno bien aconteció que en aquel glorioso día de Navidad nos nació “en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor”: (Lucas 2. 11), quien por su Sangre compró para nosotros todo lo necesario para que esa promesa Divina de una Tierra Prometida, se hiciera realidad de principio a fin.

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5 years ago
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EL ARCA, LA LEY Y EL OTRO MACHO CABRÍO

“Cuando hubiere acabado de expiar el santuario y el tabernáculo de reunión y el altar, hará traer el macho cabrío vivo”
Levítico 16. 20

Hemos visto la manera como Aarón, Sumo Sacerdote de Israel, debía proceder con el becerro y con uno de los dos machos cabríos que debía presentar ante Dios, sacrificándolos en expiación por los pecados de Aarón y del pueblo, respectivamente, y rociando de la sangre de aquellos sobre el propiciatorio, que era la tapa dorada del arca que se encontraba entre las tablas de la ley y la nube de la presencia de Dios, y que apuntaba a ese sacrificio perfecto de Cristo, quien intercedió por los pecados de Su amada iglesia, ofreciendo Su propia vida como expiación, término que, debemos recordar, hace referencia a eliminar la culpa de alguien a través del sacrificio de un tercero. 

Pero hoy, hablaremos del otro cabrío, aquel que no había sido elegido para el sacrificio expiatorio, con respecto al cual, Aarón debía proceder así: “pondrá Aarón sus dos manos sobre la cabeza del macho cabrío vivo, y confesará sobre él todas las iniquidades de los hijos de Israel, todas sus rebeliones y todos sus pecados, poniéndolos así sobre la cabeza del macho cabrío” (Levítico 16. 21-22), acción por medio de la cual, Aarón estaba cargando sobre la inocente víctima todos la perversidad del pueblo, haciendo sobre él toda una transferencia de aquel mal que hasta aquel momento reposaba sobre Israel.

Mas era responsabilidad de Aarón hacer aún algo más, pues luego de esta transferencia de pecados, debía enviar al cabrío “al desierto por mano de un hombre destinado para esto. Y aquel macho cabrío llevará sobre sí todas las iniquidades de ellos a tierra inhabitada; y dejará ir el macho cabrío por el desierto.” (Levítico 16. 20)

¿Puedes imaginar aquella imagen? Allí iba, el cabrío inocente, cargando sobre sí el pecado de todo el pueblo, caminando por el desierto en absoluta soledad y condenado para siempre al olvido. Pero, por mas que esta imagen resultara impactante, lo cierto es que tan solo era un símbolo que apuntaba al verdadero olvido de los pecados del pueblo, que solo se ejecutaría, 1400 años después, en la persona de Cristo, el anunciado vicario del pueblo de Dios, quien no solo fue sacrificado por causa de los pecados de su pueblo, sino que además, con su perfecta obra, condenó para siempre al olvido a los pecados de Su iglesia.

Por tanto, no existe para Dios aquel proverbio mundano que dice “yo perdono pero no olvido”, sino que, si estás en Cristo, tus pecados no solo son perdonados, sino que además son completamente olvidados, eternamente. Por tanto, no importa el pecado que hayas cometido en tu pasado, o lo grave que éste pueda parecer a los ojos de los hombres, pues si vienes a Cristo hoy en verdadero arrepentimiento y fe “Él volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades, y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados” (Miqueas 7. 19), pues Dios dice: “Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados.” (Isaías 43. 25).

¡Qué gran refrigerio debe proveer a nuestras almas que el Señor haya hecho esto por nosotros, y que ahora nuestros pecados yazcan inhallables en las profundidades del mar, a donde ni siquiera tú tienes permiso de ir a buscarlos! Si estás en Cristo, así están tus pecados, olvidados, tal y como era olvidado aquel cabrío portador de los males de Israel, quien se perdía entre la densa bruma de las tormentas de arena del desierto, para no tener memoria nunca más de él.

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5 years ago
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Palabras de consuelo para mi iglesia en refugio
EL ARCA Y LA LEY

“Y Jehová dijo a Moisés: Di a Aarón tu hermano, que no en todo tiempo entre en el santuario detrás del velo, delante del propiciatorio que está sobre el arca, para que no muera; porque yo apareceré en la nube sobre el propiciatorio.”
Levítico 16. 2

Como habíamos visto antes, el arca de la ley consistía en un cofre de acacia recubierto de oro por dentro y por fuera, el cual poseía una tapa de oro macizo, llamada Propiciatorio, de la cual se desprendían dos arcángeles labrados a martillo, dispuestos uno frente al otro con sus rostros inclinados hacia abajo, hacia el Propiciatorio (o “silla de la misericordia”). 

Pero, por otro lado, hemos hablado ya sobre dos de los tres elementos que contenía este arca del pacto, llegando hoy el turno al tercero de ellos: Las tablas de la ley. Estas tablas, debemos recordar, consistían en dos lozas de piedra sobre las cuales, Dios había escrito el decálogo de mandamientos que regirían la vida y conducta de aquel pueblo recién liberado; tablas acerca de las cuales ordenó Dios que fuesen almacenadas en el corazón del arca como testimonio perpetuo a todo Israel.

Mas, como vimos también, el lugar santísimo que alojaba el arca, era un recinto al cual Aarón solo podía acceder una vez por cada año, más exactamente en el día de la expiación, en donde Dios se aparecería ante él, a modo de nube entre los dos arcángeles dorados, justo por encima del Propiciatorio (Levítico 16. 2). Aquel día, Aarón debía presentarse delante de Dios con un becerro y dos machos cabríos (aunque hoy solo hablaremos de uno de estos cabríos), los cuales debía sacrificar Aarón para expiación, así: El becerro por los pecados propios de Aarón, y el macho cabrío por los pecados del pueblo entero; con cuya sangre, debía Aarón rociar el Propiciatorio dorado, con lo cual, sumado a otras labores, Aarón y el pueblo entero de Israel eran hechos limpios de pecado ante los ojos de Dios.

Pero todo esto, como podemos imaginar, no era una ceremonia que salvara en sí misma, sino que toda ella apuntaba a un día en específico, al verdadero día de la Gran Expiación ¿De qué manera?

Bueno en primer lugar todo ello apuntaba a enseñarnos a través de aquella nube, que Dios está sobre nosotros, como testigo incluso de lo que hacemos en secreto, quedando al descubierto ante sus ojos nuestra desobediencia continua a las tablas de la Ley, a esos diez mandamientos que día tras día quebrantamos, haciéndonos culpables y dignos de eterna condenación. Pero, aun cuando esta escena nos habla del juicio de Dios, ella también nos muestra la maravillosa  gracia de Dios, pues Él, en su infinita misericordia quiso interponer entre su santa ira y nuestra rebeldía, un propiciatorio o silla de la misericordia, sobre la cual debía rociarse sangre inocente, para perdón de nuestros pecados, y esa sangre es, por supuesto, la sangre de Cristo.

Cristo, como gran Sumo Sacerdote (que a diferencia de Aarón no tuvo que ofrecer ningún sacrificio por sus pecados, pues él nunca pecó), entregó su propia vida inocente en rescate por los pecados del pueblo, esto es, de toda persona que ha creído en él como su único Señor y Salvador, rociando Su propia sangre en la cruz, para satisfacer de este modo la santa ira de Dios por causa de nuestra rebeldía.

¡Cuán dolorosa habría sido nuestra eternidad en juicio, si Dios no hubiera decidido hacer algo por nosotros! “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5. 8). Pero aun hay mas, pues volviendo a Aarón, Dios hizo algo adicional con respecto a nuestros pecados, lo cual veremos representado en una próxima oportunidad, cuando hablemos del destino del otro macho cabrío.

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EL ARCA Y LA VARA

“Tras el segundo velo estaba la parte del tabernáculo llamada el Lugar Santísimo, el cual tenía un incensario de oro y el arca del pacto cubierta de oro por todas partes, en la que estaba una urna de oro que contenía el maná, la vara de Aarón que reverdeció, y las tablas del pacto”
Hebreos 9. 3-4

Ayer vimos como el Arca del pacto, aquel cofre dorado alojado en el lugar santísimo, contenía, entre otras cosas, una muestra del maná que apuntaba a ese verdadero Pan del cielo, que es Cristo. Pero hoy, nos concentraremos en otro de los elementos allí contenidos: La vara de Aarón.

Nos cuenta la Escritura que un día, mientras Israel transitaba por el desierto, doscientos cincuenta varones se rebelaron contra el liderazgo de Moisés y de Aarón, diciendo: “Basta ya de vosotros! Porque toda la congregación, todos ellos son santos, y en medio de ellos está Jehová; ¿por qué, pues, os levantáis vosotros sobre la congregación de Jehová?” (Números 16. 3), a causa de lo cual vino un gran juicio de Dios sobre el pueblo, pereciendo la tribu de Coré devorada por la tierra, junto a otras casi 15.000 personas; mortandad que cesó una vez Aarón ofreció expiación delante de Dios por el grave pecado del pueblo.

Pero nos sigue contando el libro de Números que luego de este dramático hecho, dijo el Señor a Moisés: “Habla a los hijos de Israel, y toma de ellos una vara por cada casa de los padres, de todos los príncipes de ellos, doce varas conforme a las casas de sus padres; y escribirás el nombre de cada uno sobre su vara. Y escribirás el nombre de Aarón sobre la vara de Leví; porque cada jefe de familia de sus padres tendrá una vara. Y las pondrás en el tabernáculo de reunión delante del testimonio, donde yo me manifestaré a vosotros. Y florecerá la vara del varón que yo escoja, y haré cesar de delante de mí las quejas de los hijos de Israel con que murmuran contra vosotros” (Números 17. 2-5), y Moisés lo hizo así, aconteciendo que, al día siguiente, tan solo la vara de Aarón había reverdecido, produciendo flores, renuevos y almendras.

Con esta vara reverdecida, Dios había resaltado, ante los ojos del pueblo, Su soberana elección, enseñándoles que Su nombramiento a Aarón como único Sumo Sacerdote, era innegociable, y que dicho llamamiento seguía en firme, pues no era potestad del hombre elegirlo por democracia, sino potestad exclusiva del Dios que reina.

¡Cuán grande lección nos deja esta rebelión de la tribu de Coré! Para que nosotros hoy, no hagamos lo mismo para nuestro propio mal, queriendo poner a otro en el lugar prominente que Dios solo ha concedido a Uno por elección soberana, pues dice la Biblia: “Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión (…) Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Hebreos 4. 14-16). Retengamos pues nuestra profesión de fe, puesto que solo Cristo, es esa perfecta vara que, al tercer día de haber sido sepultada, reverdeció en gloria, dando eterna flor, renuevo y almendras en todo aquel, que a él entrega en vida, su alma y corazón.

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EL ARCA Y EL MANÁ

“Y dijo Moisés a Aarón: Toma una vasija y pon en ella un gomer de maná, y ponlo delante de Jehová, para que sea guardado para vuestros descendientes”
Éxodo 16. 33

Pero en ese trayecto de nuestro levita de afuera hacia adentro del tabernáculo, hemos llegado hasta el velo que separaba el lugar santo del lugar santísimo, el cual, como hemos visto, solo podía ser traspasado por el Sumo Sacerdote, una vez por cada año. Así que, debemos despedirnos por un momento de nuestro levita guía para proseguir nuestra travesía, bajo los ojos de Aarón, rumbo al corazón mismo del tabernáculo.

Así pues, corriendo el velo de casi ocho centímetros de espesor, y entrando en el lugar santísimo, encontraríamos el arca del pacto, el cual, consistía en un cofre de madera de acacia forrada en oro, con una tapa de oro macizo llamada Propiciatorio de la cual emergían dos querubines dorados (uno a cada lado), y en cuyo interior reposaban tres elementos: Las tablas de la Ley, la vara de Aarón y una porción del maná.

Con respecto al maná, debemos recordar que se trataba de un alimento blanco similar a hojuelas con sabor a miel, el cual Dios hizo descender del cielo con el fin de sostener a Su pueblo en su transitar por el desierto, a lo largo de los 40 años que duró aquel peregrinar rumbo a la tierra prometida. Mas Dios, queriendo recordar al pueblo acerca de esta muestra de Su fidelidad, poder y gracia, ordenó a Moisés con respecto al maná, diciendo: “Llenad un gomer de él, y guardadlo para vuestros descendientes, a fin de que vean el pan que yo os di a comer en el desierto, cuando yo os saqué de la tierra de Egipto” (Éxodo 16. 32), por lo que Moisés tomó de aquel maná, tal y como le había sido ordenado, y lo depositó en el arca del testimonio para bendición de las futuras generaciones.

Hoy nosotros, como descendientes espirituales de aquel pacto a Moisés, no contamos precisamente con aquel maná del arca, del mismo modo en que tampoco contamos con el arca, ni con muchas cosas materiales que el Señor decidió no preservar a lo largo de la historia, quizá para salvaguardarnos de no convertir esos elementos en nuestro objeto de idolatría. Pero, para bendición eterna de nuestras almas, sí contamos hoy con el verdadero maná al cual apuntaba ese imperfecto del antiguo testamento, pues dice el Señor Jesús, señalándose a sí mismo: “Este es el pan que descendió del cielo; no como vuestros padres comieron el maná, y murieron; el que come de este pan, vivirá eternamente” (Juan 6. 58).

Y así es como ahora entendemos por Su palabra, que además de habernos liberado de ese Egipto nuestro que era nuestra vieja y pecaminosa manera de vivir, Dios nos ha asegurado, desde el cielo, de un alimento que para siempre saciará el hambre y la sed de nuestra alma, a lo largo de todo nuestro transitar por este desierto, que es nuestra vida terrenal. Por lo cual, no hay razón para temer que en cualquier momento pudiéramos quedar tendidos en la arena a medio camino sin haber recibido lo prometido. No. Eso no sucederá, pues este verdadero Pan del cielo ha dicho que, en Su gracia, nos sostendrá hasta el final en nuestro peregrinar rumbo a la verdadera Tierra Prometida, que es aquella herencia celestial preparada para todos aquellos que, por medio de la fe, han comido del perfecto maná, de Cristo, y han vivido para siempre.

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EL ALTAR DE INCIENSO

“Harás asimismo un altar para quemar incienso; de madera de acacia lo harás”
Éxodo 30. 1

Ya hemos acompañado al levita en su travesía de afuera hacia adentro del tabernáculo, donde primero cruzamos el atrio (encontrando en su orden el altar y el lavatorio), para entrar luego en el lugar santo, donde hallaríamos tres muebles: La mesa de los panes, el candelabro dorado y un tercero del que nos ocuparemos a continuación, el altar de incienso.

Este altar, consistente en un mueble de madera cubierto de oro puro que se localizaba al fondo, justo delante del velo que separaba el lugar santo del lugar santísimo, sería el lugar donde Aarón y su descendencia debería quemar incienso aromático cada mañana y cada noche, de generación en generación.

La mezcla, utilizada para este incienso, debía cumplir ciertas particularidades, dentro de las cuales se encontraban una estricta composición, pero aun más llamativo que aquello, era su exclusividad, la cual podemos observar en la siguiente instrucción del Señor, quien mandó, diciendo: “Os será cosa santísima. Como este incienso que harás, no os haréis otro según su composición (...) Cualquiera que hiciere otro como éste para olerlo, será cortado de entre su pueblo” (Éxodo 30. 36-38).

Por otro lado, para efectos de su combustión, este incensario debía ser encendido por medio de las brasas ardientes tomadas del altar de los sacrificios (Levítico 16.12), cuyo contacto con el perfume aromático molido le permitían desprender un humo exquisito que entraba en contacto directo con el velo, el cual actuaba como un límite absoluto para nuestro levita, pues aquel velo solamente podía ser traspasado por el Sumo sacerdote, y solamente, una vez por cada año.

Éste era, a modo muy resumido, el altar de incienso, acerca de cuyo simbolismo es mucho lo que podríamos decir, pues a lo largo de las escrituras, el incienso representa, nada más y nada menos que a las oraciones de los santos (Apocalipsis 5. 8). 

Así pues, tenemos delante del grueso velo divisor, a las oraciones del pueblo de Dios, las cuales Dios celaba diciendo que aquella mezcla de incienso aromático no podría ser utilizado para nadie más, pues debía ser considerada cosa santísima, de donde podemos comprender que nuestros ruegos y plegarias deben ser exclusivos para Él, pues no aceptará el Señor que sean dirigidos a nadie más.

Por otro lado, también podemos ver en la actividad continua de este altar perfumado, la importancia de la oración sin cesar del pueblo de Dios, llamado a encender en sus almas aquel incienso santo, mañana y noche, día tras día, de generación en generación.

Pero aun mas glorioso que todo lo anterior, es la oportunidad que tenemos de ver a Cristo a través de este altar aromático, pues, del mismo modo en que aquel incienso solo podía ser encendido gracias a las brasas ardientes del altar del sacrificio, nuestras oraciones ascienden al Padre como olor fragante, no por causa de nuestra elocuencia, sino únicamente gracias a la obra expiatoria de nuestro bendito Salvador en la cruz, quien no solo enciende esas oraciones por nosotros, sino que además les ha abierto libre acceso al Padre, de una vez y para siempre, pues en el mismo momento en el que el Cordero fue inmolado “el velo del templo se rasgó por la mitad” (Lucas 23. 45), concediéndonos, inmutable y plena entrada a ese maravilloso lugar Santísimo, al sublime corazón del tabernáculo, no una vez al año como Aarón, sino cada día, cada hora, cada minuto y cada segundo de nuestra existencia.

¡Oremos hermanos! ¡Oremos este santo incienso sin cesar! Pues gracias a Cristo, podemos hoy tener la suma certeza y privilegio de que Dios Padre, en su gracia, siempre nos oye y que eternamente, nos oirá.

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EL CANDELERO

“Hizo asímismo el candelero de oro puro, labrado a martillo; su pie, su caña, sus copas, sus manzanas y sus flores eran de lo mismo. De sus lados salían seis brazos; tres brazos de un lado del candelero, y otros tres brazos del otro lado del candelero”
Éxodo 37. 17-18

Pero demos aun un paso más en la travesía del levita por el lugar Santo, donde además de la mesa con los panes de la proposición, nos encontraremos con un segundo mueble, el candelero dorado.

Este hermoso candelero, brillante y muy adornado, encendido constantemente por medio del suministro de aceite puro, estaba compuesto, en su estructura básica, por un tronco encendido principal, del que a su vez se desprendían 6 ramas encendidas, 3 a cada lado del tronco.

Pero ¿Por qué habría de existir esta estructura luminosa en el lugar Santo?

Bueno, la luz, no solo en este contexto, sino en cualquier parte de la Escritura hace referencia a la Revelación de Dios, por lo que aquí tenemos este precioso símbolo dentro del tabernáculo señalando a aquella máxima expresión de la Revelación Divina acerca de la cual, habló el Apóstol Juan, diciendo: “Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo”. Dios hecho hombre había venido en cumplimiento de la palabra antigua de los profetas, a morar en este mundo de tinieblas, y “en él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres” (Juan 1. 1-9). Cristo era el cumplimiento pleno de aquel candelero espléndido del tabernáculo que nunca cesaba de brillar.

Pero aún hay algo adicional, e igualmente hermoso, acerca del simbolismo de este precioso candelero dorado, pues sus ramas laterales, representaban esa dependencia de sus redimidos al tronco central del candelero, las cuales se extendían a partir de allí, sin tocar el suelo, para llevar aquella Luz a todos lados. Este hecho, debe recordarnos inmediatamente aquella imagen enseñada por el Señor cuando dijo a sus discípulos: “Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15. 4-5)

En ese candelero de oro, las seis ramas laterales son la representación gráfica de su iglesia, de cada uno de sus miembros, de ti y de mí, llamándonos no solo a permanecer aferrados a nuestra Luz maravillosa que es Cristo en medio de este mundo de oscuridad, sino también, moviéndonos a pensar en cuán necesario es que, decididamente, llevemos el Evangelio de esperanza a todo lado donde vayamos, alumbrando el mundo, pero sin tocarlo, como aquellas ramas del candelero que solo pendían firmes del tronco central, pero sin entrar nunca en comunión íntima con el suelo.

¡Qué mayor privilegio éste! que Cristo nos haya llamado a brillar con su Luz admirable, diciéndonos: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.” (Mateo 5. 16). 

Permite, Oh Dios, que brille Cristo en el corazón de tu pueblo con una intensidad tal, que no le quede mas remedio que alumbrar, y siempre alumbrar en este mundo de oscuridad, hasta que se encuentre contigo en tus nubes de gloria, en aquella maravillosa Luz de eternidad, que hará que del sol y de la luna ya no exista mas necesidad. Amén.

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LA MESA DE LOS PANES

“Pondrás también sobre cada hilera incienso puro, y será para el pan como perfume, ofrenda encendida a Jehová”
Levítico 24. 7

Ya hablamos acerca del altar (que significaba el justo Juicio), y del lavatorio (que simbolizaba la pureza). Pero ahora, siguiendo nuestra travesía del levita, desde afuera hacia adentro del tabernáculo, pasaremos del patio externo o atrio, al lugar santo, donde nos encontraremos con tres muebles, uno de los cuales se denominaba la mesa de los panes de la proposición.

Dios había mandado al pueblo por medio de Moisés diciendo: “Tomarás flor de harina, y cocerás de ella doce tortas; cada torta será de dos décimas de efa” (Levítico 24. 5), panes que debían ser puestos “continuamente en orden delante de Jehová, en nombre de los hijos de Israel, como pacto perpetuo” (Levítico 24. 8).

Pero además, estos doce panes, que simbolizaban a las doce tribus de Israel, al pueblo entero de Dios, debían ser renovados cada día de reposo y consumidos por Aarón y sus hijos, los levitas, a quienes Dios mandó comerlos en “lugar santo; porque es cosa muy santa para él” (Levítico 24. 9).

Esos panes, también llamados en el original panes de los rostros o panes de la presencia, nos permiten entender que con ellos se representaba esa comunión perpetua de Dios con Su pueblo, proveyéndoles tiernamente de todo lo necesario en Su presencia a lo largo de todo aquel transitar por el desierto hacia la tierra prometida. Por lo tanto, estos panes del lugar santo harían un llamado al pueblo a vivir en constante contentamiento, fe, alabanza y gratitud hacia Dios por sus misericordias y cuidados.

Y como hemos venido observando, es de suponer, por supuesto, que los panes de la proposición eran tan solo la sombra de algo más excelente que vendría, de Cristo, de Aquel pan del cielo que siendo la presencia misma de Dios entre nosotros, vendría, no solo a proveer lo necesario para nuestras almas (como lo veremos más adelante cuando hablemos acerca del maná que se alojaba en el lugar santísimo), sino a cuidar también de nuestros cuerpos, de día y de noche, proveyéndonos del pan y del abrigo necesario en nuestro transitar por esta vida en camino hacia la Tierra Prometida celestial y eterna.

Por tanto, Cristo, trayendo a colación estos panes de la proposición, no solo nos dejó el mandato de orar “el pan nuestro de cada día, dánoslo hoy” (Mateo 6. 11), sino que también nos mandó, diciendo: 

“No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir” (Mateo 6. 25), invitándonos a ver como Él cuida y sostiene a la hermosa naturaleza, día tras día, sin necesidad de nosotros, desviando el Señor nuestra mirada del afán y la ansiedad, para ayudarnos a fijarla en donde sí debemos, diciendo: “mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mateo 6. 33). 

En un tiempo tan difícil como éste que vivimos, esta mesa con los doce panes de la proposición en el lugar santo del tabernáculo, nos debe recordar a Cristo, a aquel proveedor de todo cuanto tenemos y necesitamos para esta vida presente y eterna como pueblo Suyo, para que así podamos alejar de nosotros todo temor, dando lugar en nuestros corazones a una actitud constante de contentamiento y gratitud, porque el Señor es fiel, y él ha dicho: “No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino” (Lucas 12. 32).

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EL LAVATORIO

“Harás también una fuente de bronce, con su base de bronce, para lavar; y la colocarás entre el tabernáculo de reunión y el altar, y pondrás en ella agua”
Éxodo 30. 18

Ayer hablamos acerca del altar, el primer mueble del tabernáculo y que simbolizaba el Justo juicio de Dios. Pero ahora, siguiendo esa travesía del levita de afuera hacia adentro, el siguiente mueble que encontraría en su paso por el atrio o patio externo, sería el lavatorio, una estructura de bronce que simbolizaba la pureza y la limpieza. En él, Aarón y sus hijos debían lavar sus manos y pies, para que no murieran cuando se acercaran al altar de Dios a quemar en él las ofrendas. 

Y como imaginarás, esta hermosa fuente de agua hecha de bronce también apunta a Cristo ¿De qué manera? Te lo explicaré a continuación en palabras del propio Señor Jesús.

Es bien conocido aquel pasaje del nuevo testamento, en el cual, el Señor, habiendo celebrado la última cena, se levantó y comenzó a lavar los pies de sus discípulos. Pero acontece en dicha escena que, al disponerse a lavar los pies de Pedro, el apóstol se opone y dice: “No me lavarás los pies jamás” a lo que el Señor le responde: “Si no te lavaré, no tendrás parte conmigo”, por lo que de inmediato Pedro, en una de sus muchas muestras de impulsividad, se lanza rápidamente al otro extremo respondiendo: “Señor, no solo mis pies, sino también las manos y la cabeza”.

Pedro, al parecer, no había comprendido aun el propósito espiritual de aquel lavamiento de pies, pero, el procurar ser luego lavado de pies a cabeza deja en evidencia que para aquel momento, de paso, tampoco había del todo que era el sacrificio del Cordero de Dios y ninguna otra cosa, lo que lo haría coheredero con Cristo, por lo que el Señor le dice: “El que está lavado, no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio; y vosotros limpios estáis” (Juan 13 10).

Pero, si el propósito de este lavamiento de pies no era salvífico ¿Qué significado espiritual tenía entonces este acto de limpieza de pies realizada por el Señor?

Bueno, en aquella época, aunque las personas aseaban su cuerpo, era costumbre que los judíos lavaran sus pies al entrar a un lugar, pues el caminar con sandalias descubiertas por las empolvadas calles de la ciudad, sin duda alcanzaban a ensuciar los pies, por lo que, aunque ya estuviesen todos limpios, era cortesía, siempre, el lavarse los pies.

En un sentido espiritual, tú puedes haber sido ya lavado completamente al ser redimido en Cristo, pero sin duda, tu andar por este mundo requiere que, de día en día, Él lave tu pecado remanente por medio de Su Espíritu y del agua de Su palabra, quitando todo aquello originado en el mundo, en tu carne y en Satanás que logra acaso ensuciar tus pies espirituales al caminar. Esto nos recuerda que los creyentes necesitamos del Evangelio no solo para entrar por la puerta estrecha, sino también para caminar por esa senda angosta que lleva a la Nueva Jerusalén, en ese continuo proceso de santificación que solo Cristo puede efectuar en nosotros, y sin el cual, nadie verá a Dios.

Por tal razón, Aarón, sus hijos, Pedro, tú y yo, necesitamos de ese Lavatorio, pero no de aquel del antiguo testamento, sino del real, de Cristo, quien día tras día nos limpia en Su sangre preciosa, pues el que comenzó en nosotros la buena obra, ha prometido que “la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1. 6).

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EL ALTAR

“Harás también un altar de madera de cinco codos de longitud, y de cinco codos de anchura; será cuadrado el altar, y su altura de tres codos”
Éxodo 27. 1

El antiguo testamento apunta a Cristo en cada una de sus letras, permitiéndonos verlo a través de figuras o símbolos que señalaban, desde aquel mismo momento, a ese perfecto Rey, Sacerdote y Profeta que vendría a redimir, de una vez y para siempre, a Su pueblo amado. 

Una de esas figuras, es el tabernáculo, el cual poseía varias partes: Un patio externo hasta donde podía llegar el pueblo; un patio interno y un lugar santo a los cuales podían ingresar solamente los levitas; y finalmente, el lugar Santísimo, al cual tenía acceso exclusivo el sumo Sacerdote, una vez al año, en el día de la expiación. 

Pero además de ser distintas en sus características, estas cuatro áreas, tenían cada una, su mobiliario particular, y así es como, si hubiésemos sido un levita de aquel tiempo, lo primero que habríamos encontrado al entrar al patio interno, habría sido el altar, una hermosa estructura fabricada esencialmente de madera de acacia y de bronce.

Aquel altar, sería el lugar en donde se llevarían a cabo los sacrificios expiatorios, en el cual se requería del ofrecimiento diario de animales sin defecto que actuarían como sustitutos de la condenación de cada uno de los integrantes del pueblo por causa de los pecados individuales, familiares y nacionales.

¿Puedes imaginar aquella sangrienta escena sacrificial?

Dice Jack Scott que “con base en el censo registrado en Números, debe haber habido cerca de dos millones y medio de personas en Israel durante su estancia en el desierto. Cuando pensamos en un número tan grande de personas, y en el gran número de sacrificios que se debían hacer diariamente, la realidad supera toda posible imaginación. Añadamos a esto (...) que todos los sacrificios debían ser realizados en un solo lugar escogido por Dios.”

En serio te digo que si hubieras sido un levita de aquellos días, no habrías dado abasto para lo que aquella tarea expiatoria requería. Y entonces es bueno preguntarse: ¿Por qué habría diseñado Dios un sistema de sacrificios prácticamente imposible de cumplir?

Bueno, por varias razones: Para mostrar al hombre su obstinada y diaria pecaminosidad. Para mostrar al hombre su completa incapacidad para limpiarse de su pecado por medio de sus propios esfuerzos. Pero aun mas, para mostrarle al hombre que era necesario un sacrificio mucho mas glorioso y solemne que el de la sangre de los toros y de los machos cabríos: El Sacrificio de su Amado Hijo, Emanuel.

Como vemos, el altar, con su mezcla de madera y metal, cargado de sacrificios expiatorios insuficientes y ofrecidos por unos sacerdotes falibles, eran tan solo la sombra imperfecta del Altar bendito de Aquel Cordero sin mancha que en una cruz de madera, fijado a ella de pies y manos con astillas de metal, entregaría su vida como ofrenda y como Gran Sumo Sacerdote, para expiar, de una vez y para siempre, los pecados de Su amado pueblo.

Cristo es el único Altar al cual podemos acudir en busca de Salvación, pues no tiene sentido creer que ofreciendo diariamente nuestras obras y sacrificios humanos, podremos si acaso igualar a la obra perfecta del Hijo de Dios, porque en cualquier caso, seríamos pecaminosamente insuficientes.

Ya podemos descansar, porque lo eterno ya nos ha sido concedido por Sus méritos. Consumado es. Somos libres del pecado, y ya no hay nada que podamos agregar, pues solo Él, entrando en el mundo dijo a su Padre: “Sacrificio y ofrenda no quisiste; mas me preparaste cuerpo (...) he aquí que vengo, Oh Dios, para hacer tu voluntad”  (Hebreos 10. 5-14). 

Nuestro altar perfecto de justo juicio es Jesucristo ¡Gloria sea a nuestro bendito Salvador, ayer, ahora y por la eternidad!

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¿DÓNDE ESTÁ CRISTO?

“y aconteció que bendiciéndolos, se separó de ellos, y fue llevado arriba al cielo”
Lucas 24. 51

Una persona responde: “En el cielo. Jesucristo está en el cielo. Las Escrituras cuentan con total claridad que una vez crucificado y resucitado, el Señor ascendió victorioso para sentarse a la diestra del Padre, donde está orando e intercediendo incesantemente por cada una de sus ovejas delante del Santo Padre, como nos cuenta Romanos 8. 34.”

Pero de pronto, su interlocutor responde, también con absoluta seguridad: “No. Cristo está aquí, presente, en el corazón de cada creyente, y en medio de su iglesia, que aun a la distancia por causa de esta cuarentena, se congrega en un mismo Espíritu en Su nombre, pues dice el Señor acerca de Él mismo que: Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos (Mateo 18. 20). Si el Señor Jesús estuviera en el cielo ¿Cómo podrían ser ciertas sus palabras cuando dijo: He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén?” (Mateo 28. 20).”

Y tú solo observas atentamente ¿Complicada discusión, no lo crees? Pero aún mas complicado se torna todo, cuando de inmediato, los dos amigos, se vuelven a ti, y te dicen: “¿y tú? ¿Dónde crees que está Cristo?”

Y bueno, la verdad es que sería imposible redargüir a cualquiera de ellos, pues ambos tienen la razón en lo que defienden ¿Verdad? Sin embargo, puesto que la Biblia es clara en ambas perspectivas, sería imposible defender tan solo uno de aquellos puntos de vista, pues, por la Palabra de Dios entendemos que Cristo está tanto en el Cielo, a la diestra del Padre, como también entendemos que está justo aquí, al lado nuestro, en cada momento y en cada circunstancia, fiel e inmutable hasta el fin del mundo. Cristo Jesús está en ambos lados al mismo tiempo.

Pero ahora, para tu propia bendición y asombro quiero complicarte aun mas las cosas, y preguntarte: ¿En dónde estas tú? Si Cristo ha dicho “Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo” (Juan 17. 24) ¿Dónde estás tú con Cristo? ¿Estás con Cristo aquí o estás con Cristo en el cielo? ¿En ambos lugares al tiempo? ¿Puedes ver la gloria que Dios Padre le ha dado al Hijo tanto en tu transitar corto por esta tierra, como en la herencia maravillosa y eterna que ya posees en Él? 

¡Dios permita que así sea! Dios permita que puedas vivir esta vida entendiendo que, aunque estas aquí, por la obra de Cristo también estás allá, pues Cristo está en el Cielo y a tu lado al mismo tiempo, y Él ha pedido a su Padre que en el nombre del Amor eterno que Dios ha tenido por Él, le conceda que tú estés con Él SIEMPRE, dondequiera que Él esté ¿Puedes verlo? ¿Puedes palpar el esplendor del inquebrantable Amor de Dios por ti, estableciendo por medio de la fe una unión íntima y absolutamente sobrenatural entre Cristo y tu propia alma? ¿Puedes notar cómo es por medio de Cristo que tú puedes experimentar la vida eterna desde ahora mismo?

Si has creído en Cristo, no hay nada que pueda romper esa unión que tienes con Él, y en esa unión que tienes con Él, cuando Dios te ve, ve al hijo que ha amado desde la eternidad pasada hasta la futura, con todo el corazón con el que Dios Padre puede amar a Dios Hijo.

¿Lo puedes imaginar? No, no puedes aun ni imaginarlo, y por más de que te esfuerces, en esta vida jamás lo lograrás, mas sin embargo ¡Hazlo! ¡Esfuérzate a vivir tu presente bajo la perspectiva de que en este mismo momento, por la gracia de Dios tú estás aquí, pero también estás Allá!

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SANTOS SANTIFICÁNDOSE

“a la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro”
1 Corintios 1. 2

¡Qué versículo difícil de entender! ¿Los creyentes de la iglesia de Corinto eran santos gracias a Cristo, o debían aún esforzarse por ser santos? ¿Puede una persona santificada… santificarse? 

Bueno, intentaré explicarlo para ti, pero para esto es necesario empezar definiendo la palabra “santo”, la cual, hace referencia a todo aquello que ha sido apartado de todo lo demás, para darle un uso especial. Por ejemplo, cuando destinas un traje para usarlo únicamente en situaciones especiales, has santificado a ese traje en tu closet, no en el aspecto religioso claro, sino en el sentido material, puesto que has elegido ese traje, por encima de todos los demás, para darle un uso especial. Para ti, ese traje es diferente, apartado, santo.

Ahora, cuando trasladamos ese mismo término al campo de Cristo, no estamos hablando en ningún momento de algún proceso de canonización u obra hecha por hombres a favor de los vivos o de los muertos; ni de los ídolos de madera con poderes especiales. 

Cuando hablamos de “santo” según la Biblia, nos referimos a esa acción que hace Dios de tomar a algunas personas, de entre todos los seres humanos del mundo, para apartarlos con el objetivo de darles un uso especial. Cuando una persona cree en Cristo Jesús como Su único Señor y Salvador, es declarado de manera inmediata “santo” por Dios, apartado de todo lo demás, con el fin de que ya no sirva más a su carne, al mundo y a Satanás, sino que ahora, sea siervo de la justicia, obteniendo, por pura gracia, segura entrada al Reino de los Cielos por toda la eternidad. Todos los creyentes somos entonces “santificados en Cristo Jesús.”

Pero, eso no significa que un creyente verdadero no deje de luchar, sino que, por el contrario, a partir de que un creyente viene a los pies de Cristo, inicia una guerra sin cuartel en su corazón, pues se da origen a un proceso de divorcio con todo aquel pecado que antes amaba, al tiempo que se da inicio a una relación de amor íntima con Cristo. Para este proceso de santificación Dios nos dota de su Santo Espíritu, capacitándonos así para combatir, intensamente y a lo largo de toda nuestra vida contra el pecado, transformándonos de día en día, y permitiéndonos cumplir aquel llamado a “ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo”.

¿Quién nos santifica completamente? ¡Cristo! Pero ¿Quién es esforzado por la fe en Cristo para apartarse responsablemente del mundo a lo largo de toda esta vida? ¡Nosotros, los creyentes! En todo, como vemos, es Jesucristo quien es digno de toda la gloria, pues ninguno de nosotros, como santos de Dios que somos, merecemos la alabanza de nadie.

Pero, a modo de posdata ¿Significa este apartamiento, o llamado a ser santo, que debes entonces considerar mudarte a un monasterio como hermitaño? Por supuesto que no ¿Pues cómo podrías ser luz en el mundo si no estás brillando en él? Vive en este mundo, pero apartado para Dios dentro de él, con tus pies sobre la tierra, pero con tu corazón latiendo en la eternidad.

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5 years ago
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Palabras de consuelo para mi iglesia en refugio
LUZ Y TINIEBLAS

“Salomón hizo parentesco con Faraón rey de Egipto, pues tomó la hija de Faraón, y la trajo a la ciudad de David, entre tanto que acababa de edificar su casa, y la casa de Jehová, y los muros de Jerusalén alrededor.”
1 Reyes 3. 1

El rey Salomón había heredado toda la gloria del reino de David, su padre, recibiendo una enorme cantidad de dones, sabiduría, riquezas y poderío cual nunca la hubo en el pueblo de Dios. Pero, nada de esto sirvió para sostener al reino de Israel en pie, pues siempre fue el corazón de Salomón su gran piedra de tropiezo, lo cual, empieza a hacerse evidente, desde muy temprano, con su unión en yugo desigual con la hija pagana del Faraón, “gentes de las cuales Jehová había dicho a los hijos de Israel: No os llegaréis a ellas, ni ellas se llegarán a vosotros; porque ciertamente harán inclinar vuestros corazones tras sus dioses” (1 Reyes 11. 2). Esta es la parte oscura de este versículo.

Pero por el otro lado, tenemos la aparente parte clara de la historia, pues en ese mismo versículo observamos a Salomón acabando de edificar “su casa, y la casa de Jehová, y los muros de Jerusalén”, por lo que a simple vista, cualquiera podría ver en Salomón a un hombre apasionadamente entregado a la obra de Dios.

Y entonces, uno se pregunta ¿puede sostenerse tal contradicción en la vida de una persona? ¿Puede una persona amar al mundo y amar a Dios al mismo tiempo sin ninguna consecuencia? Pues bien, este versículo reúne en pocas líneas, lo blanco y lo negro del rey Salomón, cuya desobediencia con aparente piedad entretejió gravísimas consecuencias, pues debido a que las mujeres paganas que amaba Salomón efectivamente “inclinaron su corazón tras dioses ajenos”, Dios sentenció: “Por cuanto ha habido esto en ti, y no has guardado mi pacto y mis estatutos que yo te mandé, romperé de ti el reino, y lo entregaré a tu siervo.” (1 Reyes 11. 11) Lo cual se cumplió con la división violenta del Reino que aconteció posteriormente. El yugo desigual del rey Salomón fue el principio del fin del reino unido de Israel, el cual nunca jamás volvió a ser el mismo.

Con esto quiero mostrarte amado joven, hombre o mujer, soltero de cualquier edad, que no hay riqueza, poder, gloria, ni humana sabiduría que sirvan para evitar las nefastas consecuencias del yugo desigual, pues ellas siempre llegarán, y tarde o temprano tocarán a tu puerta y con dolor tú mismo les abrirás ¡Por favor, no sigas pensando que tu situación será diferente! ¡No sigas pensando que tu caso es especial! ¿Crees que tú si podrás evadir las advertencias de Dios? 

Es imposible que puedas amar y servir de corazón a Dios, cuando pretendes amar al mundo al mismo tiempo, exponiéndote además a ti mismo al riesgo de que tu corazón sea muy pronto desviado hacia los ídolos, cayendo en la apostasía y en muerte eterna ¿Vale la pena correr un riesgo así? 

Escucha la palabra que Dios te da por tu propio bien: “No os unáis en yugo desigual con los incrédulos; porque ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas?” (2 Corintios 6. 14). Aparta tu corazón de iniciar cualquier relación sentimental que no esté basada en Cristo; mas si ya estás en medio de una que no haya llegado al matrimonio, recuerda que hay gracia para ti, arrepiéntete, corta aquello de raíz y no entregues más tu corazón al mundo de los ídolos. El Señor te cela, y pide de ti, no una parte, sino todo tu corazón. Dios nos de sabiduría, para oír y obedecer, para su gloria y nuestro bien. Amén.

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Palabras de consuelo para mi iglesia en refugio
CANCIÓN DE REDENCIÓN

“Y habrá allí calzada y camino, y será llamado Camino de Santidad; no pasará inmundo por él, sino que él mismo estará con ellos; el que anduviere en este camino, por torpe que sea, no se extraviará.”
Isaías 35. 8

Isaías 35 es una preciosa canción de esperanza, dedicada en principio al desierto y al yermo, haciendo referencia esta última palabra a un terreno estéril en el cual no crece fruto ni vegetación. Y aunque nadie pudiera creerlo, para este desierto y yermo anuncia el profeta buenas noticias, pues les sería dada la gloria del Líbano, del Carmelo y del Sarón, lugares próximos a corrientes de aguas que les conferían un carácter sumamente fructífero y exuberante; pero aun mas que eso, anuncia el profeta que estas tierras marginadas por las que ningún hombre daría nada, tendrían el gozo y el privilegio supremo de contemplar un día la gloria y la hermosura del Señor.

Entendemos luego que este desierto y este yermo representan a almas cansadas y frágiles, a corazones apocados y temerosos, a quienes Dios promete que pronto vendría a ellos, y los salvaría, con lo cual, los ojos de los ciegos y los oídos de los sordos se abrirían, de par en par, tal y como ocurrió ya a plenitud con la venida de nuestro Señor Jesucristo, por cuya palabra de esperanza, aguas fueron cavadas en el desierto y torrentes de luz en la soledad.

Y dentro de toda esta canción, tu corazón era aquel desierto y yermo, aquel ser frágil, cansado, apocado, temeroso, ciego y sordo, de quien no brotaba nada sino aridez y soledad. Mas a ti vino Él, permitiéndote ver la gloria Suya y supliéndote con las aguas de Su palabra alrededor para adornarte de sus dones, para convertirte entonces, en un manadero de Sus manantiales sin fin ante Su presencia.

¡Y cuán bendito serías si esta canción terminara aquí! Pero no te vayas aun, porque el raudal de esta profecía sigue su curso imparable, pues no te ha abandonado a tu suerte tu precioso Redentor, sino que ha hecho además calzada y camino, el cual es llamado Camino de Santidad, para que a lo largo de esta vida transites por él, teniendo la plena seguridad de que Su vara y Su cayado te guiarán por buenos pastos aun a pesar de tu torpeza y debilidad. Como amada oveja suya, estás resguardada por siempre sobre Sus hombros y nunca te extraviarás. No habrá león ni fiera que puedan interrumpir tu andar en este mundo que procurará a toda costa tu tropiezo. Por lo cual, tú andarás esforzadamente, con fe, en esperanza contra esperanza, porque tu Señor ha trazado desde la eternidad los pasos por los cuales hará transitar en victoria a sus redimidos.

¡Y cuán bendito serías si esta canción terminara aquí! Pero no te vayas, pues aún hay más, puesto que Dios ha prometido, que esa Santa senda de la que ninguna oveja se extravía, tiene como único destino el conducirte a una Nueva Jerusalén llena de alegría, en la que el Señor pondrá gozo perpetuo sobre la cabeza de sus redimidos, apartando para siempre la tristeza y los gemidos. Esta es la canción biográfica de toda alma desértica que ha renacido en el Señor, canción por la cual solo Él merece la gloria, la alabanza y el honor, pues fue su soberana elección, haber escogido tu desértico corazón, para hacer de él como el Líbano, el Carmelo y el Sarón.

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Palabras de consuelo para mi iglesia en refugio
Podcast dedicado a la meditación de la Palabra de Dios, con pequeñas lecturas y reflexiones para dar ánimo a la iglesia de Cristo. Autor: Nicolas Velasco