
Si México 70 fue la fiesta del color, México 86 fue la épica de la voluntad.
El 31 de mayo de 1986, el Estadio Azteca se llenó nuevamente, pero esta vez, bajo una atmósfera de profunda resiliencia. Apenas ocho meses antes, la Ciudad de México había sido devastada por un terrible sismo. El hecho de que México no solo mantuviera el torneo, sino que lograra una inauguración impecable, se convirtió en una declaración de fuerza ante el mundo.