Israel oró, Dios respondió… y aun así perdieron. Oraron otra vez… y volvieron a perder. Solo después de llanto, ayuno, adoración y humillación profunda, la respuesta de Dios llegó con claridad y victoria.
Durante su vida, Sansón jugó con su llamado, coqueteó con el pecado y trató el don de Dios como algo personal. Su fuerza era un depósito divino, pero él la usó como si fuera propiedad privada. Las lágrimas de Dalila lograron lo que los ejércitos filisteos nunca pudieron: arrancarle el secreto… porque Sansón confundió intimidad con confianza.
Ahora, en Gaza, moliendo como esclavo, Sansón ora sin teatralidad. Usa el nombre de Jehová, el Dios del pacto. No pide restauración de su vida, ni un nuevo comienzo, ni siquiera libertad. Pide una última oportunidad para glorificar a Dios, aunque eso le cueste la vida.
La oración de Manoah es la súplica humilde de un padre que no busca señales, sino sabiduría. Tras el anuncio celestial del nacimiento de Sansón, Manoah no duda de que Dios cumplirá su promesa; su preocupación es cómo criar al hijo conforme a la voluntad divina.
La oración de Jephté es un ejemplo de cómo un voto hecho en angustia puede convertirse en una carga innecesaria. El autor recalca que Jephté era un hombre de fe —de hecho, aparece en Hebreos 11:32— pero su voto no fue producto de revelación, sino de ansiedad.
Este es uno de los momentos más crudos, intensos y honestos del libro de Jueces. Israel vuelve a caer en idolatría, vuelve a ser oprimido, y vuelve a clamar. Es el estribillo repetido del libro: “E Israel clamó a Jehová.” Pero esta vez, la respuesta de Dios no es inmediata. Dios les recuerda su historial de rescates: Egipto, Amón, Filistea, Amalec… una lista de liberaciones pasadas. Luego viene la frase sorprendente:
“No os libraré más.” No porque Dios no quiera… sino porque Israel había estado usando la oración como último recurso, no como comunión diaria.
Gedeón vivía escondido, derrotado por dentro antes que por los madianitas por fuera. Dios lo llama “valiente”, aun cuando Gedeón no se siente así. El comentario resalta que la oración de Gedeón surge desde la inseguridad: él cuestiona, pide señales, y vuelve a pedirlas otra vez. Y aun así, Dios responde con paciencia.
Después de años de opresión bajo Jabín, rey de Canaán, Dios levanta a una profetisa y juez llamada Débora, junto a Barac, para traer liberación a Israel. Su victoria sobre Sísara fue tan sorprendente que el pueblo entero estalló en un cántico de alabanza.
Tras la muerte de Josué, el pueblo de Israel se encuentra ante un futuro incierto. El líder que los había guiado con firmeza y fe ya no está. En ese vacío, su primera reacción no es formar un ejército, ni buscar un sucesor humano, sino consultar a Jehová.
Israel había renovado su pacto con Dios después del pecado de Acán y ahora enfrentaba una coalición de cinco reyes amorreos. La batalla en Gabaón avanzaba, pero la luz del día se agotaba.
Después de las victorias en Jericó y Hai, Israel parecía invencible. Sin embargo, en Josué 9 se presenta una historia diferente: los gabaonitas, temerosos de ser destruidos, idean un engaño para obtener un pacto con Israel. Disfrazan su procedencia con ropas viejas y pan mohoso, y los líderes de Israel, confiando en lo que veían, no consultaron a Jehová.
Después de la impresionante victoria en Jericó, Israel enfrenta una derrota humillante en Hai. Josué cae de rodillas, confundido y angustiado. Esta es una de las oraciones más humanas de la Escritura: una mezcla de dolor, desconcierto y reproche. Josué no entiende cómo Dios pudo permitir tal derrota después de tantas promesas.
Josué se encontraba ante el umbral de una de las batallas más decisivas de su vida: la conquista de Jericó. Israel estaba acampado, expectante, y su líder buscaba dirección.
Este texto es parte del Cántico de Moisés, una declaración poética y profética entregada poco antes de su muerte. En él, Moisés llama al pueblo a escuchar y recordar la fidelidad de Dios frente a la infidelidad humana. En medio de la futura apostasía que Moisés anticipa, él comienza exaltando el carácter inmutable de Dios: la Roca.
Este pasaje forma parte de una liturgia de gratitud que cada israelita debía recitar al presentar sus primicias a Dios. No era solo una oración personal, sino una confesión colectiva de memoria histórica. Recordar la procedencia humilde, el sufrimiento bajo Egipto y la respuesta compasiva de Dios era esencial para mantener un corazón agradecido. La frase “un arameo a punto de perecer fue mi padre” alude a Jacob, quien tuvo una vida marcada por la fragilidad y el peregrinaje.
Este pasaje regula una situación inquietante: un asesinato sin resolver. Cuando se hallaba un cadáver en el campo y no se conocía al responsable, Dios no permitía la indiferencia. La comunidad debía actuar para limpiar la tierra de culpa.
Si hubo alguien que entendió el poder de la oración de madrugada, fue nuestro Señor Jesús. Después de un día intenso de milagros, predicación y sanidades, en lugar de dormir más, Jesús se levantó temprano para buscar al Padre en oración.
El rey David fue un hombre de muchas batallas, internas y externas. En medio de esas luchas, él descubrió un secreto: comenzar el día en oración. Para David, la madrugada no era solo el inicio de la rutina, sino el momento en que abría su corazón al Señor.
La oración no es un monólogo; es un diálogo. Muchas veces hablamos mucho a Dios, pero escuchamos poco. El joven Samuel aprendió esa lección una madrugada en el tabernáculo de Silo.
La noche más larga de Israel fue la del Mar Rojo. Frente a ellos, las aguas. Detrás de ellos, el ejército de Faraón. Todo parecía perdido. Pero en la vigilia de la mañana —entre las 2 y 6 am—, Dios intervino y cambió la historia.
Este pasaje nos lleva a un momento crítico en la historia de Israel: la adoración del becerro de oro en el Sinaí. El pueblo, liderado por Aarón, había caído en idolatría mientras Moisés estaba en comunión con Dios. La ira divina se encendió, y Moisés mismo reconoce que Dios quiso destruir incluso a Aarón. Sin embargo, Moisés intercedió, no una vez, sino repetidamente. En su oración, no niega la culpabilidad del pueblo, pero apela a la gracia, al pacto con los patriarcas, y al testimonio del nombre de Dios ante las naciones.