María guardaba y meditaba. Así es, no todo se entiende de inmediato, pero todo puede ser atesorado con fe. Hoy en día, vivimos presionados a producir respuestas rápidas, cuando el alma necesita silencio para madurar. Debemos conservar la disciplina de atesorar. Es decir, conservar lo que Dios te mostró sin forzarlo, sin deformarlo y sin olvidarlo, porque hay verdades que primero se guardan y luego se entienden. Eso también es la fe.
Atesorar no es negar; es confiar. Además, meditar no es rumiar ansiedad, sino ordenar la memoria delante del Señor Jesús. De modo que, aparta unos minutos y recuerda tres “señales” que ocurrieron en este año como una provisión, una corrección o una gracia inesperada. Escríbelas. Ponerlo por escrito fija la gratitud y desarma el olvido. Luego ora con simplicidad: “Señor, lo que no comprendo hoy, lo atesoraré contigo”. Cuando haces esto, la prisa pierde poder y la paz toma espacio. De manera que tu interior se ordena antes de que el calendario cambie. Cuando atesoras con fe, la paz crece, aun antes de poder entender. La Biblia dice en Lucas 2:19: “María atesoraba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”.
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